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LOS JINETES DE ROHAN

La oscuridad aumentó. La niebla se extendía detrás de ellos en los bosques de las
tierras bajas y se demoraba en las pálidas márgenes del Anduin, pero el cielo estaba claro.
Aparecieron las estrellas. La luna cr eciente remontaba en el oeste y las sombras de las
rocas eran negras. Habían llegado al pie de unas colinas rocosas y marchaban más
lentamente pues las huellas ya no eran fáciles de seguir. Aquí las tierras montañosas de
Emyn Muil corrían de norte a sur en dos largas cadenas de cerros. Las faldas occidentales
eran empinadas y de difícil acceso, pero en el lado este había pendientes más suaves,
atravesadas por hondonadas y cañadas estrechas. Los tres compañeros se arrastraron
durante toda la noche por estas tierras descarnadas, subiendo hasta la cima del primero de
los cerros, el más elevado, y descendiendo otra vez a la oscuridad de un valle profundo y
serpeante.
Allí descansaron un rato, en la hora silenciosa y fría que precede al alba. La luna se
había puesto ante ellos mucho tiempo antes y arriba titilaban las estrellas; la primera luz del
día no había asomado aún sobre las colinas oscuras que habían dejado atrás. Por un
momento Aragorn se sintió desorientado: el rastro de los orcos había descendido hasta el
valle y había desaparecido.
-¿Qué te parece? ¿De qué lado habrán ido? -dijo Legolas-. ¿Hacia el norte buscando un
camino que los lleve directamente a Isengard, o a Fangorn, si es ahí a donde van como tú
piensas? ¿O hacia el sur para encontrar el Entaguas?
-Vayan a donde vayan, no irán hacia el río -dijo Aragorn-. Y si no hay algo torcido en
Rohan y el poder de Saruman no ha crecido mucho, tomarán el camino más corto por los
campos de los Rohirrim-. ¡Busquemos en el norte!


El valle corría como un canal pedregoso entre las hileras de los cerros y un arroyo se
deslizaba en hilos entre las piedras del fondo. Había un acantilado sombrío a la derecha; a
la izquierda se alzaban unas laderas grises, indistintas y oscuras en la noche avanzada.
Siguieron así durante una milla o más hacia el norte. Inclinándose hacia el suelo, Aragorn
buscaba entre las cañadas y repliegues que subían a los cerros del oeste. Legolas iba un
poco delante. De pronto el elfo dio un grito y los otros corrieron hacia él.
-Ya hemos alcanzado a algunos de los que perseguíamos -dijo-. ¡Mirad! -Apuntó y
descubrieron entonces que las sombras que habían visto al pie de la pendiente no eran
peñascos como habían pensado al principio sino unos cuerpos caídos. Cinco orcos muertos
yacían allí. Habían sido cruelmente acuchillados y dos no tenían cabeza. El suelo estaba
empapado de sangre negruzca.
-¡He aquí otro acertijo! -dijo Gimli-. Pero necesitaríamos la luz del día y no podemos
esperar.
-De cualquier modo que lo interpretes, no parece desalentador -dijo Legolas-. Los
enemigos de los orcos tienen que ser amigos nuestros. ¿Vive alguna gente en estos montes?
-No -dijo Aragorn-. Los Rohirrim vienen aquí raramente y estamos lejos de Minas
Tirith. Pudiera ser que un grupo de hombres estuviese aquí de caza por razones que no
conocemos. Sin embargo, se me ocurre que no.
-¿Qué piensas entonces? -preguntó Gimli.

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