Una ancha escalera subía del Abismo al Peñón y a la poterna de Cuerna villa. Casi al
pie de esa escalera se erguía Aragorn. Andúril le centelleaba aún en la mano y el terror de
la espada arredró todavía un momento al enemigo, mientras los hombres que podían llegar
a la escalera subían uno a uno hacia la puerta. Atrás, arrodillado en el peldaño más alto,
estaba Legolas. Tenía el arco preparado, pero sólo había conseguido rescatar una flecha, y
ahora espiaba, listo para dispararla sobre el primer orco que se atreviera a acercarse.
-Todos los que han podido escapar están ahora a salvo, Aragorn -gritó-. ¡Volvamos!
Aragorn giró sobre sus talones y se lanzó escaleras arriba, pero el cansancio le hizo
tropezar y caer. Sin perder un instante, los enemigos se precipitaron a la escalera. Los
orcos subían vociferando, extendiendo los largos brazos para apoderarse de Aragorn. El
que iba a la cabeza cayó con la última flecha de Legolas atravesada en la garganta, pero eso
no detuvo a los otros. De pronto, un peñasco enorme, lanzado desde el muro exterior, se
estrelló en l escalera, arrojándolos otra vez al Abismo. Aragorn ganó la puerta, que al
a
instante se cerró tras él con un golpe.
-Las cosas andan mal, mis amigos -dijo, enjugándose con el brazo el sudor de la frente.
-Bastante mal -dijo Legolas-, pero aún nos quedan esperanzas, mientras tú nos
acompañes. ¿Dónde está Gimli?
-No sé -respondió Aragorn La última vez que lo vi estaba peleando detrás del muro,
-.
pero la acometida nos separó.
-¡Ay! Estas son malas noticias -dijo Legolas.
-Gimli es fuerte y valeroso -dijo Aragorn-. Esperemos que vuelva sano y salvo a las
cavernas. Allí, por algún tiempo, estará seguro. Más que nosotros. Un refugio de esa
naturaleza es el ideal de un enano.
-Eso es lo que espero -dijo Legolas-. Pero me gustaría que hubiera venido por aquí.
Quería decirle a maese Gimli que mi cuenta asciende ahora a treinta y nueve.
-Si consigue llegar a las cavernas volverá a sobrepasarte -dijo Aragorn riendo-. Nunca
vi un hacha en manos tan hábiles.
-Necesito ir en busca de algunas flechas -dijo Legolas-. Quisiera que la noche
terminase de una vez, así tendría mejor luz para tomar puntería.


Aragorn entró en la ciudadela. Allí se enteró consternado de que Eomer no había
regresado a Cuernavilla.
-No, no ha vuelto al Peñón -dijo uno de los hombres del Folde Oeste-. Cuando lo vi por
última vez estaba reuniendo hombres y combatiendo a la entrada del Abismo. Gamelin lo
acompañaba y también el enano; pero no pude acercarme a ellos.
Aragorn cruzó a grandes trancos el patio interior, y subió a una cámara alta de la torre.
Allí, una silueta sombría recortada contra una ventana angosta, estaba el rey, mirando hacia
el valle.
-¿Qué hay de nuevo, Aragorn? -preguntó.
-Se han apoderado del Muro del Bajo, señor, y han barrido a los defensores; pero
muchos han venido a refugiarse aquí, en el Peñón.
-¿Está Eomer aquí?
-No, señor. Pero muchos de vuestros hombres se replegaron en el Abismo; y algunos
dicen que Eomer estaba entre ellos. Allí, en los desfiladeros, podrían contener el avance
del enemigo y llegar a las cavernas. Qué esperanzas de salvarse tendrán entonces, no lo sé.

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