Creía oír o recordaba haber oído: «Nada entra aquí por puertas y ventanas salvo el claro
de luna, la luz de las estrellas y el viento que viene de las cumbres.» Una brisa leve y
dulce movió las cortinas. Respiró profundamente y se durmió otra vez.
Al día siguiente Sam sólo recordaba que había dormido toda la noche, muy
satisfecho, si los troncos duermen satisfechos.
Despertaron los cuatro a la vez, con la luz de la mañana. Tom andaba por la
habitación silbando como un estornino. Oyendo que los hobbits se movían, golpeó las
manos y gritó: - ¡Hola! ¡Ven alegre dol, derry dol! ¡Mis bravos!
Descorrió las cortinas amarillas y aparecieron las ventanas, a ambos lados del
aposento: una miraba al este y la otra al oeste.
Los hobbits se levantaron de un salto, renovados. Frodo corrió a la ventana oriental
y se encontró mirando una huerta, gris de rocío. Casi había esperado ver una franja de
césped entre la casa y los muros, césped marcado con huellas de cascos. En verdad, no
podía ver muy lejos, a causa de una alta estacada de habas, pero por encima y a lo lejos
la cresta gris de la colina se alzaba a la luz del amanecer. Era una mañana pálida; en el
este, detrás de unas nubes largas como hilos de lana sucia, teñida de rojo en los bordes,
centelleaban unos profundos piélagos amarillos. El cielo anunciaba lluvia, pero la luz
se extendía rápidamente, y las flores rojas de las habas comenzaban a brillar entre las
hojas verdes y húmedas.
Pippin miró por la ventana occidental y vio un estanque de bruma. Una niebla
cubría el bosque. Era como mirar desde arriba un techo de nubes en pendiente. Había
un pliegue o canal donde la bruma se quebraba en penachos y ondas: el Valle del
Tornasauce. El arroyo descendía por la ladera izquierda y se desvanecía entre las
sombras blancas. Junto a la casa había un jardín de flores y un cerco recortado, envuelto
en una red de plata y más allá una hierba corta y gris, empalidecida por gotas de rocío.
No se veía ningún sauce.
-¡Buenos días, alegres amigos! - gritó Tom abriendo de par en par la ventana del
este. Un aire fresco entró en el cuarto, trayendo olor a lluvia-. Hoy el sol no mostrará
mucho la cara, se me ocurre. He estado caminando, subiendo a las cumbres de las
lomas, desde que empezó el alba gris, olfateando el viento y el tiempo: hierba húmeda a
mis pies, cielo húmedo arriba. Desperté a Baya de Oro cantando bajo su ventana, pero
nada despierta a los hobbits a la mañana temprano. Las personitas despiertan de noche
en la oscuridad y se duermen cuando llega la luz. ¡Tocad un don diló! ¡Despertad,
alegres amigos! ¡Olvidad los ruidos nocturnos! ¡Tocad un don diló del, mis bravos! Si
os dais prisa, encontraréis el desayuno servido. ¡Si tardáis tendréis pasto y agua de
lluvia!
Inútil decir que aunque la amenaza de Tom no parecía muy seria los hobbits se
apresuraron y dejaron la mesa tarde, cuando ya empezaba a parecer vacía. Ni Tom ni
Baya de Oro estaban allí. Podía oírse a Tom que se movía por la casa, afanándose en la
cocina, subiendo y bajando las escaleras y cantando afuera, aquí y allá. La habitación
daba al oeste sobre el valle neblinoso y la ventana estaba abierta. El agua goteaba desde
los aleros de paja. Antes que terminaran de desayunar, las nubes se habían unido
formando un techo uniforme y una lluvia gris cayó verticalmente con una dulce
regularidad. La espesa cortina no dejaba ver el bosque.
Mientras miraban por la ventana, la voz clara de Baya de Oro descendió
dulcemente, como si bajara con la lluvia, desde el cielo. No oían sino unas pocas
palabras, pero les pareció evidente que la canción era una canción de lluvia, dulce como
un chaparrón sobre las lomas secas y que contaba la historia de un río desde el
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