bosque y de todo lo que hay en él y ya creo en todas las historias que se cue ntan.
¿Tienes alguna idea de la distancia que debemos recorrer hacia el este?
-No -dijo Merry-, no la tengo. Ignoro del todo a qué altura del Tornasauce nos
encontramos, ni quién pudo haber venido aquí con tanta frecuencia como para trazar
una senda a lo largo del río. Pero no veo ni imagino otra salida.
No habiendo alternativa, partieron uno detrás de otro y Merry los llevó al sendero
que había descubierto. Las hierbas y las cañas eran en todas partes lozanas y altas y en
algunos lugares crecían muy por encima de la cabeza de los viajeros; pero una vez
encontrado el sendero era fácil de seguir en sus vueltas y revueltas, siempre por terreno
f irme, evitando ciénagas y pantanos. Aquí y allá atravesaba otros arroyos que venían
de las tierras boscosas y altas y descendían por hondonadas hasta el Tornasauce y en
estos puntos y puestos allí con cuidado, había unos troncos de árboles o unos manojos
de ramas que iban de orilla a orilla y ayudaban a cruzar.


Los hobbits comenzaron a sentir mucho calor. Ejércitos de moscas de toda
especie les zumbaban en las orejas y el sol de la tarde les quemaba las espaldas.
Inesperadamente entraron en una tenue sombra; grandes ramas grises se extendían por
encima del sendero. Cada paso adelante les costaba un poco más que el anterior.
Parecía que una somnolencia furtiva les subía por las piernas desde el suelo y les caía
dulcemente desde el aire sobre la cabeza y los ojos.
Frodo sintió que cabeceaba. Justo delante de él, Pippin cayó de rodillas. Frodo se
detuvo.
-Es inútil -oyó que Merry decía-. Imposible dar otro paso sin antes descansar un
poco. Necesitamos una siesta. Está fresco bajo los sauces. ¡Hay menos moscas!
El tono de estas palabras no le gustó a Frodo.
-¡Adelante! - gritó-. No podemos dormir todavía. Primero tenemos que salir del
bosque.
Pero los otros estaban ya demasiado adormilados para preocuparse. Junto a ellos
Sam bostezaba y parpadeaba con aire estúpido.
De pronto Frodo mismo se sintió dominado por la modorra. La cabeza se le
bamboleaba. Apenas se oía un sonido en el aire. Las moscas habían dejado de zumbar.
Sólo un leve susurro apenas audible, como si alguien cantara entre dientes una canción,
parecía revolotear allá arriba, en las ramas. Frodo alzó pesadamente los ojos y vio un
sauce enorme, viejo y blanquecino, que se inclinaba sobre él. El árbol parecía inmenso;
las largas ramas apuntaban como brazos tendidos, con muchas manos de dedos largos y
el tronco nudoso y retorcido se abría en anchas hendiduras que crujían débilmente con
el movimiento de las ramas. Las hojas que se estremecían bajo el cielo brillante
deslumbraron a Frodo; se tambaleó y cayó allí sobre las hierbas.
Merry y Pippin se arrastraron hacia adelante y se tendieron apoyándose de espaldas
contra el tronco del sauce. Detrás de ellos las grandes hendiduras se abrieron para
recibirlos y el árbol se balanceó y crujió. Miraron hacia arriba y vieron las hojas grises
y amarillas que se movían apenas contra la luz y cantaban. Cerraron os ojos y les
l
pareció que casi oían palabras, palabras frescas que hablaban del agua y del sueño. Se
abandonaron a aquel sortilegio y cayeron en un sueño profundo al pie del enorme sauce
gris.
Frodo luchó un rato contra el sueño que lo aplastaba; al fin se incorporó de nuevo
trabajosamente. Tenía unas ganas irresistibles de agua fresca.
-Espérame, Sam -balbució-. Tengo que mojarme los pies un instante.

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