Media hora más tarde Pippin dijo:
-Espero que no hayamos torcido demasiado hacia el sur y que no estemos cruzando
el bosque de punta a punta. No es muy ancho, no más de una milla me parece, y ya
tendríamos que estar del otro lado.
-No serviría de nada que comenzáramos a zigzaguear -dijo Frodo-. No arreglaría las
cosas. Sigamos como hasta ahora. No estoy seguro de querer salir a campo abierto
todavía.
Recorrieron otro par de millas. Luego el sol brilló de nuevo entre desgarrones
de nubes y la lluvia decreció. Ya había pasado el mediodía y sintieron que era hora de
almorzar. Se detuvieron bajo un olmo de follaje amarillo, pero todavía espeso. El suelo
estaba allí seco y abrigado. Cuando empezaron a preparar la comida, advirtieron que
los elfos les habían llenado las botellas con una bebida clara, de color dorado pálido;
tenía la fragancia de una miel de muchas flores y era maravillosamente refrescante.
Pronto comenzaron a reír, burlándose de la lluvia y de los Jinetes Negros. Sentían que
pronto dejarían atrás las últimas millas.
Frodo se recostó en el tronco de un árbol y cerró los ojos. Sam y Pippin se sentaron
cerca y se pusieron a tararear y luego a cantar suavemente:
¡Ho! ¡Ho! ¡Ho! A la botella acudo
para curar el corazón y ahogar las penas.
La lluvia puede caer, el viento puede soplar
y aún tengo que recorrer muchas millas,
pero me acostaré al pie de un árbol alto
y dejaré que las nubes naveguen en el cielo.
-¡Ho!¡Ho!¡Ho! -volvieron a cantar, esta vez más fuerte. De pronto se interrumpieron.
Frodo se incorporó de un salto. El viento traía un lamento prolongado, como el llanto
de una criatura solitaria y diabólica. El grito subió y bajó, terminando en una nota muy
aguda. Se quedaron como estaban, sentados o de pie, paralizados de pronto y oyeron
otro grito más apagado y lejano, pero no menos estremecedor. Luego hubo un silencio,
sólo quebrado por el sonido del viento en las hojas.
-¿Qué crees que fue? -preguntó por fin Pippin, tratando de parecer despreocupado,
pero temblando un poco-. Si era un pájaro, no lo oí nunca en la Comarca.
-No era pájaro ni bestia -dijo Frodo-. Era una llamada o una señal, pues en ese grito
había palabras que no pude entender. Ningún hobbit tiene una voz semejante.
No dijeron nada más. Todos pensaban en los Jinetes Negros, aunque ninguno los
mencionó. No sabían ahora si quedarse o continuar; pero, tarde o temprano, tendrían
que cruzar el campo abierto hacia Balsadera. Era preferible hacerlo cuanto antes, a la
luz del día. Instantes más tarde ya habían cargado otra vez los bultos y echaban a andar.
Poco después el bosque terminó de pronto. Unas tierras anchas y cubiertas de
pastos se extendían ante ellos. Comprobaron entonces que se habían desviado, en
efecto, demasiado hacia el sur. A lo lejos, dominando la llanura, podían entrever la
colina baja de Gamoburgo, del otro lado del río, que ahora estaba a la izquierda. Se
arrastraron con muchas precauciones fuera de la arboleda y atravesaron el claro lo más
rápido posible.
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