ventana, depositándolo en el suelo-. Que te lleve a ver a los elfos, ¿eh? -dijo Gandalf,
observando de cerca a Sam, mientras una sonrisa le bailaba en la cara-. ¿Entonces oíste
que el señor Frodo se va?
-Lo oí, señor y por eso me atraganté y usted parece que me oyó. Traté de evitarlo,
señor, pero no pude. ¡Estaba tan trastornado!
-No hay nada que hacer, Sam -respondió Frodo tristemente. Entendía de pronto que
el dolor de abandonar la Comarca sería mucho mayor que el de despedirse de las
comodidades de Bolsón Cerrado-. Tendré que irme, pero si tú me aprecias de verdad -y
aquí observó a Sam fijamente-, guardarás absoluto secreto. ¿Entiendes? Si así no lo
haces, o si repites una sola palabra de lo que aquí has oído, espero que Gandalf te
transforme en un sapo y luego llene de culebras el jardín.
Sam se arrodilló temblando.
-Levántate, Sam -le ordenó Gandalf -. He estado pensando en algo mejor. Algo que
te cierre la boca y te castigue por haber escuchado: irás con el señor Frodo.
-¿Yo, señor? -gritó Sam, saltando de alegría, como un perro al que invitan a un
paseo -. ¿Yo veré a los elfos y todo? ¡Hurra! - gritó, y de pronto se echó a llorar.
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