-¡Burlado otra vez! -dijo a su mujer-. ¡Después de haber esperado sesenta años
¿Cucharas? ¡Qué disparate! -Chasqueó los dedos bajo la nariz de Frodo y salió
corriendo.
No fue tan fácil deshacerse de Lobelia. Un poco más tarde Frodo salió del estudio
para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos y la encontró revisando todos los
escondrijos y rincones y dando golpecitos en el suelo. La acompañó con firmeza fuera
de la casa, después de aligerarla de varios pequeños pero bastante valiosos artículos que
le habían caído dentro del paraguas no se sabía cómo. La cara de Lobelia reflejaba la
angustia con que buscaba una frase demoledora de despedida, pero esto fue lo único que
dijo volviéndose airadamente:
-¡Vivirás para lamentarlo, jovencito! ¿Por qué no te fuiste tú también? Tú no eres
de aquí, no eres un Bolsón, tú... ¡tú eres un Brandigamo!
-¿Has oído eso, Merry? Fue un insulto, ¿no? - dijo Frodo cerrando la puerta en las
narices de Lobelia.
-Fue un cumplido -respondió Merry Brandigamo-, y por eso mismo falso.


Luego recorrieron el lugar y expulsaron a tres jóvenes hobbits (dos Boffin y un
Bolger) que estaban agujereando la pared de una bodega. Frodo tuvo un forcejeo con el
joven Sancho Ganapié (el nieto del viejo Odo Ganapié), quien había iniciado una
excavación en la despensa mayor, donde le pareció que sonaba a hueco. La leyenda del
oro de Bilbo movía a la curiosidad y a la esperanza: pues el oro legendario
misteriosamente obtenido, si bien no positivamente mal habido, es, como todos saben,
para aquel que lo encuentre, a menos que algún otro interrumpa la búsqueda.
Frodo echó a Sancho, y se desplomó en una silla de la sala. -Ya es hora de cerrar la
tienda, Merry -dijo-. Echa llave a la puerta y no la abras a nadie hoy, aunque traigan un
ariete.
Frodo fue a reanimarse con una tardía taza de té. Apenas se había sentado, cuando
se oyó un golpe en la puerta principal. «Seguro que es Lobelia otra vez», pensó. «Se le
habrá ocurrido algo realmente desagradable y ha vuelto para decírmelo. Puede
esperar.»
Siguió tomando té. Se oyó otra vez el golpe, mucho más fuerte. Frodo no le dio
importancia. De repente la cabeza del mago apareció en la ventana. -Si no me dejas
entrar, Frodo, haré volar la puerta colina abajo -dijo.
-¡Mi querido Gandalf! ¡Medio minuto! -gritó Frodo, corriendo hacía la puerta-.
¡Entra! ¡Entra! Pensé que era Lobelia.
-Entonces te perdono. La vi hace un momento en un cochecito que iba hacia
Delagua, con una cara que hubiese agriado la leche fresca.
-Casi me ha agriado a mí. Honestamente, estuve tentado de utilizar el Anillo de
Bilbo. Tenía ganas de desaparecer.
-¡No lo hagas! -dijo Gandalf sentándose-. Ten mucho cuidado con ese Anillo,
Frodo. En realidad, en parte he venido a decirte una última palabra al respecto.
-Bueno, ¿de qué se trata?
-¿Qué sabes tú del Anillo?
-Sólo lo que Bilbo me contó. He oído su historia; cómo lo encontró y cómo lo usó
en el viaje, quiero decir.
-Estoy pensando qué historia -dijo Gandalf.
-Oh, no la que contó a los Enanos y escribió en el libro -dijo Frodo-. La verdadera
historia. Me la contó tan pronto como vine a vivir aquí. Me dijo que tú lo habías
importunado y al fin te la contó y que entonces era mejor que yo también la supiera.

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