-Vengo de las Defensas del Norte -dijo el elfo-, y he sido enviado para que os sirva
otra vez de guía. En el Valle del Arroyo Sombrío hay vapores y nubes de humo y las
montañas están perturbadas. Hay ruidos en las profundidades de la tierra. Si alguno de
vosotros ha pensado en regresar por el norte, no podría cruzar. ¡Pero adelante! Vuestro
camino va ahora hacia el sur.
Caminaron atravesando Caras Galadon, las sendas verdes estaban desiertas, pero
arriba en los árboles se oían muchas voces que murmuraban y cantaban. El grupo
marchaba en silencio. Al fin Haldir los llevó cuesta abajo por la pendiente meridional
de la colina y llegaron así de nuevo a la puerta iluminada por faroles y al puente blanco;
y por allí salieron dejando la ciudad de los elfos. Casi en seguida abandonaron la ruta
empedrada y tomaron un sendero que se internaba en un bosque espeso de mallorn y
avanzaron serpenteando entre bosques ondulantes de sombras de plata, descendiendo
siempre al sur y al este hacia las orillas del Río.
Habían recorrido ya unas diez millas y el mediodía estaba próximo cuando llegaron
a una alta pared verde. Pasaron por una abertura y se encontraron fuera de la zona de
árboles. Ante ellos se extendía un prado largo de hierba brillante, salpicado de elanor
doradas que brillaban al sol. El prado concluía en una lengua estrecha entre márgenes
relucientes: a la derecha y al oeste corría centelleando el Cauce de Plata; a la izquierda y
al este bajaban las aguas amplias, profundas y oscuras del Río Grande. En las orillas
opuestas los bosques proseguían hacia el sur hasta perderse de vista, pero las orillas
mismas estaban desiertas y desnudas. Ningún mallorn alzaba sus ramas doradas más
allá del País de Lórien.
En las márgenes del Cauce de Plata, a cierta distancia de donde se encontraban las
corrientes, había un embarcadero de piedras blancas y maderos blancos, y amarrados
allí numerosos botes y barcas. Algunos estaban pintados con colores muy brillantes,
plata y oro y verde, pero casi todos eran blancos o grises. Tres pequeñas barcas grises
habían sido preparadas para los viajeros y los elfos cargaron en ellas los paquetes de
ropa y comida. Y añadieron además unos rollos de cuerda, tres por cada barca. Las
cuerdas parecían delgadas pero fuertes, sedosas al tacto, grises como los mantos de los
elfos.
-¿Qué es esto? -preguntó Sam tocando un rollo que yacía sobre la hierba.
-¡Cuerdas, por supuesto! -respondió un elfo desde las barcas-. ¡Nunca vayas lejos
sin una cuerda! Una cuerda larga, fuerte y liviana, puede ser una buena ayuda en
muchas ocasiones.
-¡Que me lo digan a mí! -exclamó Sam-. No traje ninguna y he estado preocupado
desde entonces. Pero me preguntaba qué material es éste, pues algo sé de confección de
cuerdas: está en la familia, por así decirlo.
-Son cuerdas de hithlain -dijo el elfo-; pero no hay tiempo ahora de instruirte en el
arte de fabricar cuerdas. Si hubiéramos sabido de tu interés, podríamos haberte
enseñado muchas cosas. Pero ahora, ay, a menos que un día vuelvas aquí, tendrás que
contentarte con nuestro regalo. ¡Que te sea útil!
-¡Vamos! - dijo Haldir-. Está todo listo. ¡Embarcad! ¡Pero tened cuidado al
principio!
-¡No olvidéis este consejo! -dijeron los otros elfos-. Estas son embarcaciones
livianas y distintas de las de otras gentes. No se hundirán, aunque las carguéis
demasiado, pero no son fáciles de manejar. Deberíais acostumbraras a subir y a bajar,
aprovechando que hay aquí un embarcadero, antes de lanzaros aguas abajo.

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