-No, no me des el Anillo -dijo Gandalf-. Ponlo sobre la repisa de la chimenea.
Estará seguro allí hasta que llegue Frodo; yo lo esperaré.
Bilbo sacó el sobre y justo en el momento en que lo colocaba junto al reloj, le
tembló la mano y el paquete cayó al suelo. Antes que pudiera levantarlo, el mago se
agachó, lo recogió y lo puso en su lugar. Un espasmo de rabia cruzó fugazmente otra
vez por la cara del hobbit y casi en seguida se transformó en un gesto de alivio y en una
risa.
-Bien, ya está -comentó-. Ahora sí, ¡me voy!
Pasaron al vestíbulo. Bilbo tomó su bastón favorito y silbó. Tres enanos vinieron
de tres distintas habitaciones.
-¿Está todo listo? -preguntó Bilbo-. ¿Todo embalado y rotulado?
-Todo -contestaron.
-¡Entonces, en marcha! -Y caminó hacia la puerta del frente. Era una noche
magnífica y se veía el cielo oscuro salpicado de estrellas. Bilbo miró, olfateando el aire.
-¡Qué alegría! ¡Qué alegría estar nuevamente en camino con los enanos! ¡Años y
años estuve esperando este momento! ¡Adiós! -dijo mirando a su viejo hogar e
inclinándose delante de la puerta-. ¡Adiós, Gandalf!
-Adiós por ahora, Bilbo. ¡Ten cuidado! Eres bastante viejo y quizá bastante sabio.
-¡Tener cuidado! No me importa. ¡No te preocupes por mí! Me siento más feliz que
nunca, lo que es mucho decir. Pero la hora ha llegado. Al fin me voy.
En seguida, en vo z baja, como para sí mismo, se puso a cantar en la oscuridad:
El camino sigue y sigue
desde la puerta.
El camino ha ido muy lejos,
y si es posible he de seguirlo
recorriéndole con pie decidido
hasta llegar a un camino más ancho
donde se encuentran senderos y cursos.
¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo.
Bilbo se detuvo en silencio, un momento. Luego, sin pronunciar una palabra, se
alejó de las luces y voces de los campos y tiendas, y seguido por sus tres compañeros
dio una vuelta al jardín y bajó trotando la larga pendiente. Saltó un cerco bajo y fue
hacia los prados, internándose en la noche como un susurro de viento entre las briznas.
Gandalf se quedó un momento mirando cómo desaparecía en la oscuridad. -Adiós,
mi querido Bilbo, hasta nuestro próximo encuentro -dijo dulcemente, y entró en la
casa,
Frodo llegó poco después y encontró a Gandalf sentado en la penumbra y absorto en sus
pensamientos.
-¿Se fue? - le preguntó.
-Sí -respondió Gandalf-, al fin se fue.
-Deseaba, es decir, esperaba hasta esta tarde que todo fuese una broma -dijo Frodo-.
Pero el corazón me decía que era verdad. Siempre bromeaba sobre cosas serias.
Lamento no haber venido antes para verlo partir.
-Bueno, creo que al fin prefirió irse sin alboroto -dijo Gandalf No te preocupes
tanto. Se encontrará bien, ahora. Dejó un paquete para ti. ¡Ahí está!
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