relampagueó y resplandeció como una llama azul y luego se apagó otra vez poco a
poco. Sin embargo, la impresión de peligro inmediato no dejó a Frodo; al contrario, se
hizo más fuerte. Se incorporó, se arrastró a la abertura y miró hacia el suelo. Estaba
casi seguro de que podía oír unos movimientos furtivos, lejos, al pie del árbol.
No eran elfos, pues la gente de los bosques no hacía ningún ruido al moverse.
Luego oyó débilmente un sonido, como si husmearan, y le pareció que algo estaba
arañando la corteza del árbol. Clavó los ojos en la oscuridad, reteniendo el aliento.
Algo trepaba ahora lentamente y se lo oía respirar, como si siseara con los dientes
apretados. Luego Frodo vio dos ojos pálidos que subían, junto al tronco. Se detuvieron
y miraron hacia arriba, sin parpadear. De pronto se volvieron y una figura indistinta
bajó deslizándose por el tronco y desapareció.
Casi en seguida Haldir llegó trepando rápidamente por las ramas.
-Había algo en este árbol que nunca vi antes -dijo-. No era un orco. Huyó tan
pronto como toqué el árbol. Parecía astuto y entendido en árboles, o hubiese pensado
que era uno de vosotros, un hobbit.
»No tiré, pues no quería provocar ningún grito: no podemos arriesgar una batalla.
Una fuerte compañía de orcos ha pasado por aquí. Cruzaron el Nimrodel, y malditos
sean esos pies infectos en el agua pura, y siguieron el viejo camino junto al río.
Parecían ir detrás de algún rastro y durante un rato examinaron el suelo, cerca del sitio
donde os detuvisteis. Nosotros tres no podíamos enfrentar a un centenar de modo que
nos adelantamos y hablamos con voces fingidas arrastrándolos al interior del bosque.
»Orophin ha regresado de prisa a nuestras moradas para advertir a los nuestros.
Ninguno de los orcos saldrá jamás de Lórien. Y habrá muchos elfos ocultos en frontera
norte antes que caiga otra noche. Pero tenéis que tomar el camino del sur tan pronto
como amanezca.


El día asomó pálido en el este. La luz creció y se filtró entre las hojas amarillas de los
mallorn y a los hobbits les recordó el sol temprano de una fresca mañana de estío. Un
cielo azul claro se mostraba entre las ramas mecidas por el viento. Mirando por una
abertura en el lado sur del flet, Frodo vio todo el valle del Cauce de Plata extendido
como un mar de oro rojizo que ondulaba dulcemente en la brisa.
La mañana había empezado apenas y era fría aún cuando la Compañía se puso en
camino guiada esta vez por Haldir y su hermano Rúmil.
-¡Adiós, dulce Nimrodel! -exclamó Legolas. Frodo volvió los ojos y vio un brillo
de espuma blanca entre los árboles grises-. Adiós -dijo y le parecía que nunca oiría otra
vez un sonido tan hermoso como el de aquellas aguas, alternando para siempre unas
notas innumerables en una música que no dejaba de cambiar.
Regresaron al viejo sendero que iba por la orilla oeste del Cauce de Plata y durante
un tiempo lo siguieron hacia el sur. Había huellas de orcos en la tierra. Pero pronto
Haldir se desvió a un lado y se detuvo junto al río a la sombra de los árboles.
-Hay alguien de mi pueblo del otro lado del arroyo, aunque no podéis verlo -dijo.
Llamó silbando bajo como un pájaro y un elfo salió de un macizo de arbustos;
estaba vestido de gris, pero tenía la capucha echada hacia atrás y los cabellos le
brillaban como el oro a la luz de la mañana. Haldir arrojó hábilmente una cuerda gris
por encima del agua y el otro la alcanzó y ató el extremo a un árbol cerca de la orilla.
-El Celebrant es aquí una corriente poderosa, como veis -dijo Haldir-, de aguas
rápidas y profundas y muy frías. No ponemos el pie en él tan al norte, si no es
necesario. Pero en estos días de vigilancia no tendemos puentes. He aquí cómo
cruzamos. ¡Seguidme!

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