-Sí, lo haré. Tengo necesidad de un descanso; un descanso muy largo, como te he
dicho; probablemente un descanso permanente; no creo que vuelva. En realidad no
tengo la intención de volver y he hecho todos los arreglos necesarios. Estoy viejo,
Gandalf; no lo parezco, pero estoy comenzando a sentirlo en las raíces del corazón.
¡Bien conservado! -resopló-. En verdad me siento adelgazado, estirado, ¿entiendes lo
que quiero decir?, como un pedacito de manteca extendido sobre demasiado pan. Eso
no puede ser. Necesito un cambio, o algo.
Gandalf lo miró curiosa y atentamente. -No, no me parece bien -dijo pensativo-.
Aunque creo que tu plan es quizá lo mejor.
-De cualquier manera, me he decidido. Quiero ver nuevamente montañas, Gandalf,
montañas; y luego encontrar algún lugar donde pueda descansar, en paz y tranquilo, sin
un montón de parientes merodeando y una sarta de malditos visitantes colgados de la
campanilla. He de encontrar un lugar donde pueda terminar mi libro. He pensado un
hermoso final: «Vivió feliz aun después del fin de sus días. »
Gandalf rió. -Que así sea. Pero nadie leerá el libro, cualquiera sea el final.
-Oh, lo leerán, en años venideros. Frodo ha leído algo a medida que lo iba
escribiendo. Pondrás un ojo en Frodo. ¿Lo harás?
-Sí, lo haré; pondré los dos ojos, mientras los conserve.
-Frodo hubiera venido conmigo, por supuesto, si se lo hubiese pedido. En realidad
me lo ofreció una vez, precisamente antes de la fiesta, pero él aún no lo deseaba de
veras. Quiero ver de nuevo el campo salvaje y las montañas, antes de morir. Frodo
todavía ama la Comarca, los campos, bosques y arroyos. Se sentirá cómodo aquí. Le
dejaré todo, naturalmente, excepto unas pocas menudencias. Creo que será feliz cuando
se acostumbre a estar solo. Ya es hora de que sea su propio dueño.
-¿Todo? -dijo Gandalf-. ¿También el Anillo? Dijiste que se lo dejarías.
-Bueno... sí, supongo que sí -tartamudeó Bilbo. -¿Dónde está?
-Ya que quieres saberlo, en un sobre -dijo Bilbo con impaciencia-. Allí, sobre la
repisa de la chimenea. Bueno, ¡no! ¡Lo tengo aquí, en el bolsillo! -Titubeó y murmuró
entre dientes- ¿No es una tontería ahora? Después de todo, sí, ¿por qué no? ¿Por qué no
dejarlo aquí?
Gandalf volvió a mirar a Bilbo muy duramente, con un fulgor en los ojos. -Creo,
Bilbo -dijo con calma-, que yo lo dejaría. ¿No es lo que deseas?
-Sí y no. Ahora que tocamos el tema, te diré que me disgusta separarme de él. Y no
sé por qué habría de hacerlo. Pero ¿qué pretendes? -preguntó Bilbo y la voz le cambió
de un modo extraño. Hablaba ahora en un tono áspero, suspicaz y molesto-. Tú estás
siempre fastidiándome con el Anillo y nunca con las otras cosas que traje del viaje.
-Tuve que fastidiarte -dijo Gandalf-. Quería conocer la verdad. Era importante.
Los anillos mágicos son... bueno, mágicos; raros y curiosos. Estaba profesionalmente
interesado en tu Anillo, puedes decir, y todavía lo estoy. Me gustaría saber por dónde
anda, si te marchas de nuevo. Y también pienso que lo has tenido bastante. Ya no lo
necesitarás, Bilbo, a menos que yo me equivoque.
Bilbo enrojeció y un resplandor colérico le encendió la mirada. El rostro bondadoso
se le endureció de pronto. - ¿Por qué no? - gritó -. ¿Y qué te importa saber lo que hago
con mis propias cosas? Es mío. Yo lo encontré. El vino a mí.
-Sí, sí -dijo Gandalf- ; no hay por qué enojarse.
-Si me enojo es por tu culpa. Te vuelvo a repetir que es mío. Mío. Mi tesoro. Sí,
mi tesoro.
La cara del mago seguía grave y atenta y sólo una luz vacilante en los ojos
profundos mostraba que estaba asombrado, y aun alarmado.
-Alguien lo llamó así -dijo-, y no fuiste tú.

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