Annon edhellen, edro hi ammen!
Fennas nogothrim, lasto beth lammen!

Las líneas de plata se apagaron, pero la piedra gris y desnuda no se movió.
Muchas veces repitió estas palabras, en distinto orden, o las cambió. Luego probó
diversas fórmulas, una tras otra, hablando ahora más rápido y más alto, ahora más bajo
y más lentamente. Luego dijo muchas palabras sueltas en élfico. Nada ocurrió. La
cima del risco se perdió en la noche, las estrellas innumerables se encendieron allá
arriba, sopló un viento frío y las puertas continuaron cerradas.
Gandalf se acercó de nuevo a la pared y alzando los brazos habló con voz de mando,
cada vez más colérico. Edro! Edro!, exclamó, golpeando la piedra con la vara.
¡Ábrete! ¡Ábrete!, gritó y continuó con todas las órdenes de todos los lenguajes que
alguna vez se habían hablado al oeste de la Tierra Media. Al fin arrojó la vara al suelo y
se sentó en silencio.


En ese instante el viento les trajo desde muy lejos el aullido de los lobos. Bill el poney
se sobresaltó, asustado, y Sam corrió a él y le habló en voz baja.
-¡No dejes que se escape! -dijo Boromir-. Parece que pronto lo necesitaremos, si
antes no nos descubren los lobos. ¡Cómo odio esta laguna siniestra!
Inclinándose, recogió una piedra grande y la arrojó lejos al agua oscura. La piedra
desapareció con un suave chapoteo, pero casi al mismo tiempo se oyó un silbido y un
sonido burbujeante. Unos grandes anillos de ondas aparecieron en la superficie más allá
del sitio donde había caído la piedra y se acercaron lentamente a los pies del risco.
-¿Por qué hiciste eso, Boromir? -dijo Frodo-. Yo también odio este lugar y tengo
miedo. No sé de qué: no de los lobos, o de la oscuridad que espera detrás de las puertas;
de otra cosa. Tengo miedo de la laguna. ¡No la perturbes!
-¡Ojalá pudiéramos irnos! -dijo Merry.
-¿Por qué Gandalf no ha ce algo? -dijo Pippin.
Gandalf no les prestaba atención. Sentado, cabizbajo, parecía desesperado, o
inquieto. El aullido lúgubre de los lobos se oyó otra vez. Las ondas de agua crecieron y
se acercaron; algunas lamían ya la costa.
De pronto, tan de improviso que todos se sobresaltaron, el mago se incorporó
vivamente. ¡Se reía!
-¡Lo tengo! -gritó-. ¡Claro, claro! De una absurda simpleza, como todos los
acertijos una vez que encontraste la solución.
Recogiendo la vara y de pie ante la roca, dijo con voz clara: -Mellon!
La estrella brilló brevemente y se apagó. En seguida, en silencio, se dibujó una gran
puerta, aunque hasta entonces no habían sido visibles ni grietas ni junturas. Se dividió
lentamente en el medio y se abrió hacia afuera pulgada a pulgada hasta que ambas hojas
se apoyaron contra la pared. A través de la abertura pudieron ver una escalera sombría
y empinada, pero más allá de los primeros escalones la oscuridad era más profunda que
la noche. La Compañía miraba con ojos muy abiertos.
-Después de todo, yo estaba equivocado - dijo Gandalf - y también Gimli. Merry,
quién lo hubiese creído, encontró la buena pista. ¡La contraseña estaba inscrita en el
arco! La traducción tenía que haber sido: Di «amigo» y entra. Sólo tuve que
pronunciar la palabra amigo en élfico y las puertas se abrieron. Simple, demasiado
simple para un docto maestro en estos días sospechosos. Aquellos eran tiempos más
felices. ¡Bueno, vamos!

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