Al principio les pareció a los hobbits que aun caminando y trastabillando hasta el
agotamiento, iban a paso de caracol y no llegaban a ninguna parte. Pasaban los días y el
paisaje era siempre igual. Sin embargo, poco a poco, las montañas estaban acercándose.
Al sur de Rivendel eran aún más altas y se volvían hacia el oeste; a los pies de la cadena
principal se extendía una tierra cada vez más ancha de colinas desiertas y valles
profundos donde corrían unas aguas turbulentas. Los senderos eran escasos y tortuosos
y muchas veces los llevaban al borde de un precipicio, o a un traicionero pantano.
Llevaban quince días de marcha cuando el tiempo cambió. El viento amainó de
pronto y viró al sur. Las nubes rápidas se elevaron y desaparecieron y asomó el sol,
claro y brillante. Luego de haber caminado tropezando toda una noche, llegó el alba
fría y pálida. Estaban ahora en una loma baja, coronada de acebos; los troncos de color
verde grisáceo parecían estar hechos con la misma piedra de las lomas. Las hojas
oscuras relucían y las bayas eran rojas a la claridad del sol naciente.
Lejos, en el sur, Frodo alcanzaba a ver los perfiles oscuros de unas montañas elevadas
que ahora parecían interponerse en el camino que la Compañía estaba siguiendo. A la
izquierda de estas alturas había tres picos; el más alto y cercano parecía un diente
coronado de nieve; el profundo y desnudo precipicio del norte estaba todavía en
sombras, pero donde lo alcanzaban los rayos oblicuos del Sol, el pico llameaba, rojizo.
Gandalf se detuvo junto a Frodo y miró amparándose los ojos con la mano.
-Hemos llegado a los límites de la región que los hombres llaman Acebeda; muchos
elfos vivieron aquí en días más felices, cuando tenía el nombre de Eregion. Hemos
hecho cuarenta y cinco leguas a vuelo de pájaro, aunque nuestros pies caminaran otras
muchas millas. El territorio y el tiempo serán ahora más apacibles, pero quizá también
más peligrosos.
-Peligroso o no, un verdadero amanecer es siempre bien recibido -dijo Frodo
echándose atrás la capucha y dejando que la luz de la mañana le cayera en la cara.
-¡Las montañas están frente a nosotros! -dijo Pippin-. Nos desviamos al este
durante la noche.
-No -dijo Gandalf -. Pero ves más lejos a la luz del día. Más allá de esos picos la
cadena dobla hacia el sudoeste. Hay muchos mapas en la Casa de Elrond, aunque
supongo que nunca pensaste en mirarlos.
-Sí, lo hice, a veces -dijo Pippin-, pero no los recuerdo. Frodo tiene mejor cabeza
que yo para estas cosas.
-Yo no necesito mapas -dijo Gimli, que se había acercado con Legolas y miraba
ahora ante él con una luz extraña en los ojos profundos-. Esa es la tierra donde
trabajaron nuestros padres, hace tiempo, y hemos grabado la imagen de esas montañas
en muchas obras de metal y de piedra y en muchas canciones e historias. Se alzan muy
altas en nuestros sueños: Baraz, Zirak, Shathûr.
»Sólo las vi una vez de lejos en la vigilia, pero las conozco y sé cómo se llaman, pues
debajo de ellas está Khazad-dûm, la Mina del Enano, que ahora: llaman el Pozo Oscuro,
Moria en la lengua élfica. Más allá se encuentra Barazinbar, el Cuerno Rojo, el cruel
Caradhras; y aún más allá el Cuerno de Plata y el Monte Nuboso: Celebdil el Blanco y
Fanuidhol el Gris, que nosotros llamamos Zirak- zigil y Bundushathûr.
»Allí las Montañas Nubladas se dividen y entre los dos brazos se extiende el valle
profundo y oscuro que no podemos olvidar: Azanulbizar, el Valle del Arroyo Sombrío,
que los elfos llaman Nanduhirion.
-Hacia ese valle vamos -dijo Gandalf-. Si subimos por el paso llamado la Puerta del
Cuerno Rojo, en la falda opuesta del Caradhras, descenderemos por la Escalera del
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