sucediéndose sin interrupción desde las once hasta las seis y media, hora en que
comenzaron los fuegos de artificio.
Los fuegos de artificio eran de Gandalf; no sólo los había traído, sino que los había
preparado y fabricado. El mismo disparó los más extraños, las piezas y los cohetes
voladores. Hubo tamb ién una generosa distribución de buscapiés, petardos, bengalas,
cohetes, antorchas, estrellitas, velas de enano, fuentes élficas, duendes ladradores y
truenos; todos soberbios. El arte de Gandalf progresaba con los años.
Hubo cohetes como un vuelo de pájaros centelleantes, de dulces voces; hubo árboles
verdes, con troncos de humo oscuro, y hojas que se abrían en una súbita primavera; de
las ramas brillantes caían flores resplandecientes sobre los hobbits maravillados y des
parecían dejando un suave aroma en el instante mismo en que ya iban a tocar los rostros
vueltos hacia arriba. Hubo fuentes de mariposas que volaban entre los árboles, columnas
de fuegos coloreados que se elevaban transformándose en águilas, o barcos de vela, o
una bandada de cisnes voladores. Hubo un trueno y relámpago rojo, y luego una lluvia
amarilla; un bosque de lanzas plateadas se alzó, de pronto con alaridos de batalla y cayó
en el agua siseando como cien serpientes enardecidas. Y también hubo una última
sorpresa dedicada a Bilbo, que dejó atónitos a los hobbits, como lo deseaba Gandalf.
Las luces se apagaron; una gran humareda subió en el aire, tomando la forma de una
montaña lejana, vomitando llamas escarlatas y verdes, Y de esas llamas salió volando n
dragón rojo y dorado, no de tamaño natural, pero sí de terrible aspecto. Le brotaba
fuego de la boca y le relampagueaban los ojos. Se oyó de pronto un rugido y el dragón
pasó tres veces como una exhalación sobre las cabezas de la multitud. Todos se
agacharon y muchos cayeron de bruces, El dragón se alejó como un tren expreso, dio un
triple salto mortal y estalló sobre Delagua con un estruendo ensordecedor,
-¡La señal para la cena! -dijo Bilbo-, El susto y la alarma se disiparon
inmediatamente y los postrados hobbits se incorporaron de un salto. Hubo una
espléndida cena para todos, excepto los invitados a la cena especial de la familia que se
sirvió en el pabellón, Se limitaron las invitaciones a doce docenas (número que los
hobbits llamaban a esa, aunque el término no se cons iderara apropiado para contar
gente) y los invitados fueron seleccionados entre todas las familias a las que Bilbo y
Frodo estaban unidos por lazos de parentesco, con el agregado especial de unos pocos
amigos, como Gandalf. Se incluyeron muchos niños hobbits, con el permiso de las
familias, pues los hobbits no acostaban temprano a los niños y los sentaban a la mesa
junto con los mayores, especialmente cuando se trataba de conseguir una comida gratis.
La crianza de los niños hobbits demandaba una gran cantidad de cereales.
Había muchos de los Bolsón y de los Boffin, también de los Tuk y los Brandigamo;
varios de los Cavada, parientes de la abuela de Bilbo Bolsón y varios Redondo,
relacionados con el abuelo Tuk; y una selección de los Bolger, Cíñatiesa, Cometa,
Ganapié, Madriguera, Tallabuena y Tejonera. Algunos sólo eran parientes lejanos de
Bilbo y otros apenas habían estado alguna vez en Hobbiton, pues vivían en los remotos
confines de la Comarca. No se olvidó a los Sacovilla-Bolsón. Estaban presentes Otho y
su esposa Lobelia. Le tenían antipatía a Bilbo y detestaban a Frodo, pero les pareció
que no era posible rechazar una invitación escrita con tinta dorada en una magnífica
tarjeta. Además el primo Bilbo se había especializado en la buena cocina durante
muchos años y su mesa era muy apreciada.
Los ciento cuarenta y cuatro invitados, sin excepción, esperaban un banquete
agradable, aunque temían el discurso del anfitrión luego de la comida (inevitable ítem).
Bilbo era aficionado a insertar fragmentos de algo que él llamaba poesía, aunque fueran
traídos de los pelos; y algunas veces, después de un vaso o dos, aludía a las aventuras
absurdas de su misterioso viaje. Los invitados no quedaron chasqueados; habían tenido

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