en el calendario, mientras esperaba ansiosamente al cartero que les llevaría las
invitaciones.
Muy pronto las invitaciones comenzaron a salir a raudales y la oficina de correos de
Hobbiton quedó bloqueada y la de Delagua abrumada y hubo que contratar carteros
voluntarios. Un río continuo de carteros trepó por la loma llevando cientos de corteses
variantes de: Gracias, iré con mucho gusto.
En la entrada de Bolsón Cerrado apareció un cartel que decía: Prohibida la entrada
excepto por asuntos de la fiesta. Aun a aquellos que se ocupaban o pretendían ocuparse
de asuntos de la fiesta raras veces se les permitió la entrada. Bilbo trabajaba-
escribiendo invitaciones, registrando respuestas, envolviendo regalos y haciendo
algunos preparativos privados. Había permanecido oculto desde la llegada de Gandalf.
Una mañana, los hobbits despertaron y vieron que el prado del sur junto a la puerta
principal de Bilbo estaba cubierto con cuerdas y estacas para tiendas y pabellones. Se
había abierto una entrada especial en la barranca que daba al camino y se habían
construido allí unos escalones anchos y una gran puerta blanca. Las tres familias
hobbits de Bolsón de Tirada, el terreno lindero, estaban muy interesadas y eran
envidiadas por todos. El Tío Gamyi hasta dejó de aparentar que trabajaba en el jardín.
Los pabellones comenzaron a elevarse. Había uno particularmente amplio, tan
grande que el árbol que crecía en el terreno cabía dentro y se erguía orgullosamente a un
lado, a la cabecera de la mesa principal. Se colgaron linternas de todas las ramas. Algo
aún más promisorio para la mentalidad hobbit: se levantó una enorme cocina al aire
libre, en la esquina norte del campo. Un ejército de cocineros procedentes de todas las
posadas y casas de comidas de muchas millas a la redonda, llegó a ayudar a los enanos y
a todos los curiosos personajes que estaban acuartelados en Bolsón Cerrado. La
excitación llegó a su punto culminante.
De pronto el cielo se nubló. Esto ocurrió el miércoles, víspera de la fiesta. La
ansiedad era intensa. Amaneció el esperado jueves 22 de septiembre. El sol se levantó,
las nubes desaparecieron, se enarbolaron las banderas, y la diversión comenzó.
Bilbo Bolsón la llamaba una «fiesta», pero era en realidad una variedad de
entretenimientos combinados. Prácticamente habían sido invitados todos los que vivían
cerca. Muy pocos fueron omitidos por error, pero esto no tuvo importancia, pues lo
mismo acudieron. Invitaron además a mucha gente de otras partes de la Comarca y
hasta unos pocos de más allá de las fronteras. Bilbo mismo recibía a los invitados (y
acompañantes) junto a la nueva puerta blanca. Repartió regalos a todos y muchos a
algunos que salían por los fondos y volvían a entrar por la puerta principal. Los
hobbits, cuando cumplían años, acostumbraban hacer regalos a los demás. Regalos no
muy caros, generalmente, y no tan pródigos como en esta ocasión; pero no era un mal
sistema. En verdad, en Hobbiton y en Delagua todos los días del año era el cumpleaños
de alguien y por lo tanto todo hobbit tenía una oportunidad segura de recibir un regalo
al menos una vez por semana. Nunca se cansaban de los regalos.
En esta ocasión los regalos fueron desacostumbradamente buenos. Los niños
hobbits estaban tan excitados que por un rato se olvidaron de comer. Había juguetes
nunca vistos, todos hermosos y algunos evidentemente mágicos. Muchos de ellos
habían sido encargados un año antes y los habían traído de la Montaña y del Valle, y
eran piezas auténticas, fabricadas por Enanos.
Cuando todos estuvieron dentro, y luego de dárseles la bienvenida, hubo canciones,
danzas, música, juegos y como era de esperar, comida y bebida. Había tres comidas
oficiales: almuerzo, merienda y cena, pero el almuerzo y la merienda se distinguieron
principalmente por el hecho de que todos los invitados estaban sentados y comían
juntos. En otros momentos había sólo grupos de gente que comían y bebían,
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