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MUCHOS ENCUENTROS

Frodo despertó y se encontró tendido en una cama. Al principio creyó que había
dormido mucho, luego de una larga pesadilla que todavía le flotaba en las márgenes de
la memoria. ¿O quizás había estado enfermo? Pero el cielo raso le parecía extraño:
chato, y con vigas oscuras, muy esculpidas. Se quedó acostado todavía un momento,
mirando los parches de sol en la pared y escuchando el rumor de una cascada.
-¿Dónde estoy y qué hora es? - le preguntó en voz alta al cielo raso.
-En la casa de Elrond, y son las diez de la mañana -dijo una voz-. Es la mañana del
veinticuatro de octubre, si quieres saberlo.
-¡Gandalf! -exclamó Frodo, incorporándose.
Allí estaba el viejo mago, sentado en una silla junto a la ventana abierta.
-Sí -dijo Gandalf -, aquí estoy. Y tú tienes suerte de estar también aquí, luego de
todos los disparates que hiciste últimamente.
Frodo se acostó de nuevo. Se sentía demasiado cómodo y en paz para discutir, y de
cualquier manera sabía que no llevaría la mejor parte en una discusión. Estaba
completamente despierto ahora y recordaba los acontecimientos del viaje: el desastroso
«atajo» por el Bosque Viejo, el accidente en el Poney Pisador y la tontería de haberse
puesto el Anillo en la cañada, al pie de la Cima de los Vientos. Mientras pensaba todas
estas cosas, tratando en vano de recordar qué había ocurrido luego y cómo había llegado
a Rivendel, hubo un largo silencio, interrumpido sólo por las suaves bocanadas de la
pipa de Gandalf, que lanzaba por la ventana anillos de humo blanco.
-¿Dónde está Sam? -preguntó Frodo al fin-. ¿Y los otros, cómo se encuentran?
-Sí, todos están sanos y salvos -respondió Gandalf -. Sam estuvo aquí hasta que yo
lo mandé a descansar, hace una media hora.
-¿Qué pasó en el vado? -dijo Frodo-. Parecía todo tan confuso, y todavía lo parece.
-Sí, lo creo. Empezabas a desaparecer -respondió Gandalf-. La herida al fin estaba
terminando contigo; pocas horas más y no hubiésemos podido ayudarte. Pero hay en ti
una notable resistencia, ¡mi querido hobbit! Como mostraste en los Túmulos. Te
salvaste por un pelo; quizá fue el momento más peligroso de todos. Ojalá hubieses
resistido en la Cima de los Vientos.
-Parece que ya sabes mucho -dijo Frodo-. No les hablé del Túmulo a los otros. Al
principio era demasiado horrible y luego hubo otras cosas en que pensar. ¿Cómo te
enteraste?
-Has estado hablando en sueños, Frodo -dijo Gandalf gentilmente-. Y no me ha sido
difícil leerte los pensamientos y la memoria. ¡No te preocupes! Aunque hablé de
«disparates», no lo dije en serio. Pienso bien de ti y de los demás. No es poca hazaña
haber llegado tan lejos y a través de tantos peligros y conservar todavía el Anillo.
-No hubiésemos podido sin la ayuda de Trancos -dijo Frodo-. Pero te
necesitábamos. Sin ti, yo no sabía qué hacer.
-Me retrasé -dijo Gandalf -, y esto casi fue nuestra pérdida. Sin embargo, no estoy
seguro. Quizás haya sido mejor así.
-¡Pero cuéntame qué pasó!
-¡Todo a su tiempo! Hoy no tienes que hablar ni preocuparse por nada; son órdenes
de Elrond.
-Pero hablar me impediría pensar y hacer suposiciones, lo que es casi tan agotador -
dijo Frodo-. Estoy ahora muy despierto y recuerdo tantas cosas que necesitan de una
explicación. ¿Porqué te retrasaste? Al menos tendrías que contarme eso.

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