excelentes a muy buen precio. Tuvieron que trabajar mucho más en Bree, pero Bob los
trató bien, de modo que en general fueron afortunados: escaparon a un viaje sombrío y
peligroso. Pero no llegaron nunca a Rivendel.
Mientras, sin embargo, el señor Mantecona dio el dinero por perdido, para bien o
para mal. Y ahora tenía nuevas dificultades. Pues cuando los otros despertaron y se
enteraron del asalto a la posada, hubo una gran conmoción. Los viajeros sureños habían
perdido varios caballos y culparon al posadero a gritos, hasta que se supo que uno de
ellos había desaparecido también en la noche, nada menos que el compañero bizco de
Bill Helechal. Las sospechas caye ron sobre él en seguida.
-Si andan en compañía de un ladrón de caballos y lo traen a mi casa -dijo
Mantecona, furioso-, son ustedes los que tendrían que pagar todos los daños y no venir a
gritarme. ¡Vayan y pregúntenle a Helechal dónde está ese guapo amigo de ustedes!
Pero parecía que el hombre no era amigo de nadie, y nadie podía recordar cuándo se
había unido a ellos.
Luego del desayuno los hobbits tuvieron que empacar otra vez y hacer acopio de
nuevas provisiones para el viaje más largo que los esperaba ahora. Eran ya cerca de las
diez cuando al fin partieron. Por ese entonces ya todo Bree bullía de excitación. El
truco de la desaparición de Frodo; la aparición de los Jinetes Negros; el robo en los
establos; y no menos la noticia de que Trancos el montaraz se había unido a los
misteriosos hobbits: había bastante para alimentar unos cuantos años poco movidos. La
mayor parte de los habitantes de Bree y Entibo y aun muchos de Combe y de Archet se
habían apretujado a lo largo del camino para ver partir a los viajeros. Los otros
huéspedes de la posada estaban en las puertas o se asomaban a las ventanas.
Trancos había cambiado de idea y decidió dejar Bree por el camino principal. Todo
intento de salir inmediatamente al campo sólo empeoraría las cosas: la mitad de los
habitantes los seguiría para saber a dónde iban e impedir que cruzaran por terrenos
privados.
Los hobbits se despidieron de Bob y Nob y agradecieron cordialmente al señor
Mantecona.
-Espero que nos encontremos de nuevo un día, cuando haya otra vez felicidad - dijo
Frodo -. Nada me gustaría más que pasar un tiempo en paz en la casa de usted.
Partieron a pie, inquietos y deprimidos, bajo las miradas de la multitud. No todas
las caras eran amistosas, ni todas las palabras que les gritaban. Pero la mayoría de los
habitantes de Bree parecían temer a Trancos y aquellos a quienes él miraba a los ojos
cerraban la boca y se alejaban. Trancos marchaba a la cabeza con Frodo; luego venían
Merry y Pippin y al fin Sam, que llevaba el poney, cargado con todo el equipaje que se
habían animado a ponerle encima; pero el animal parecía ya menos abatido, como si
aprobara este cambio de suerte. Sam masticaba una manzana con aire ensimismado.
Tenía un bolsillo lleno, regalo de despedida de Bob y Nob. «Manzanas para caminar y
una pipa para descansar», se dijo. «Pero tengo la impresión de que me faltarán las dos
cosas dentro de poco.»
Los hobbits no prestaron atención a las cabezas inquisitivas que miraban desde el
hueco de las puertas, o que asomaban por encima de cercas y muros, mientras pasaban.
Pero cuando se aproximaban a la puerta de trancas, Frodo vio una casa sombría y mal
cuidada escondida detrás de un seto espeso: la última casa de la villa. En una de las
ventanas alcanzó a ver una cara cetrina de ojos oblicuos y taimados, que en seguida
desapareció. «¡De modo que es aquí donde se esconde ese sureño!» pensó. «Se parece
bastante a un trasgo.»
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