-Esto no te servirá de mucho, Cebadilla, pues conviene a casi todos los hobbits, me
dijeron -continuó el señor Mantecona echándole una ojeada a Pippin-, pero éste es más
alto que algunos y más rubio que todos y tiene un hoyuelo en la barbilla; un sujeto de
cabeza erguida y ojos brillantes. Perdón, pero él lo dijo, no yo.
-¿El lo dijo? ¿Y quién era él? -preguntó Frodo muy interesado. -¡Ah! Era Gandalf,
si usted sabe a quién me refiero. Un mago dicen que es, pero buen amigo mío, cierto o
no cierto. Pero ahora no sé qué me dirá, si lo veo de nuevo: me agriará toda la cerveza o
me cambiará en un trozo de madera, no me sorprendería. Es de temperamento vivo.
Sin embargo, lo que está hecho no puede deshacerse.
-Bueno, ¿qué ha hecho usted? - dijo Frodo impacientándose ante la lentitud con que
se desarrollaban los pensamientos de Mantecona.
-¿Dónde estaba? -preguntó el posadero haciendo una pausa y castañeteando los
dedos-. ¡Ah, sí! El viejo Gandalf. Hace tres meses entró directamente en mi cuarto sin
llamar a la puerta. Cebadilla, me dijo, salgo a la mañana. ¿Quieres hacerme un favor?
Lo que tú quieras, dije. Tengo prisa, dijo él, y me falta tiempo pero quiero que lleven un
mensaje a la Comarca. ¿Tienes a alguien a quien mandar y que sea seguro que llegue?
Puedo encontrar a alguien, dije, mañana quizás, o pasado mañana. Que sea mañana,
me dijo, y luego me dio una carta.
»La dirección es bastante clara -dijo Mantecona sacando una carta del bolsillo y
leyendo la dirección lenta y orgullosamente (tenía reputación de hombre de letras)- :
Señor Frodo Bolsón, Bolsón Cerrado, Hobbiton, en la Comarca.
-¡Una carta para mí de Gandalf! -gritó Frodo.
-¡Ah! -dijo el señor Mantecona-. ¿Entonces el verdadero nombre de usted es
Bolsón?
-Sí -dijo Frodo-, y será mejor que me dé esa carta en seguida y me explique por qué
nunca la envió. Esto es lo que vino a decirme, supongo, aunque le llevó mucho tiempo.
El pobre señor Mantecona parecía turbado.
-Tiene razón, señor -dijo-, y le pido que me disculpe. Tengo un miedo mortal de lo
que diría Gandalf, si he causado algún daño. Pero no la he retenido a propósito. La
puse a buen recaudo, pero luego no encontré a nadie que quisiera ir a la Comarca al día
siguiente, ni al otro día y mi gente no estaba disponible y luego vino una cosa detrás de
la otra y me olvidé. Soy un hombre ocupado. Haré todo lo que pueda para enderezar el
entuerto y si puedo ayudar en algo, dígamelo por favor.
»Aparte de la carta, a Gandalf le prometí lo mismo. Cebadilla, me dijo, este amigo
mío de la Comarca puede venir pronto por aquí, él y otro. Se hará llamar Sotomonte.
¡No lo olvides! Y no tienes nada que preguntarme. Si yo no estoy con él, quizás esté en
dificultades y podrá necesitar ayuda. Haz lo que puedas por él y te lo agradecerá, me
dijo. Y aquí está usted y las dificultades no están lejos, parece.
-¿Qué quiere decir? -preguntó Frodo.
-Esos hombres negros -dijo el posadero bajando la voz-. Están buscando a Bolsón,
y si tienen buenas intenciones, yo soy un hobbit. Era lunes y todos los perros aullaban y
los gansos graznaban. Sobrenatural, diría yo. Nob vino y me dijo que dos hombres
negros estaban a la puerta preguntando por un hobbit llamado Bolsón. Nob tenía los
pelos de punta. Les dije a esos tipos negros que se fueran y les cerré la puerta en las
narices; pero han estado haciendo la misma pregunta a lo largo de todo el camino hasta
Archet, me han dicho. Y ese montaraz, Trancos, ha estado preguntando también. Trató
de venir aquí a verlo, antes que usted probara un bocado, eso hizo.
-¡Eso hizo! -dijo Trancos de pronto, saliendo a la luz-. Y se habrían evitado muchas
dificultades, si me hubieses dejado entrar, Cebadilla.
El posadero dio un salto, sorprendido.

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