-¿Desean algo para beber, señores? -preguntó-. ¿Quieren que les muestre los
dormitorios mientras esperan la cena?
Se habían lavado ya y estaban rodeados de buenos jarros de cerveza cuando el señor
Mantecona y Nob aparecieron de nuevo. En un abrir y cerrar de ojos tendieron la mesa.
Había sopa caliente, carne fría, una tarta de moras, pan fresco, mantequilla y medio
queso bien estacionado: una buena comida sencilla, tan buena como cualquiera de la
Comarca y bastante familiar como para quitarle a Sam los últimos recelos (que la
excelencia de la cerveza ya había aliviado bastante).
El posadero se entretuvo allí unos momentos y al fin anunció que se iba.
-No sé si querrán unirse a nosotros después de cenar -dijo desde la puerta-. Quizá
prefieran acostarse. De cualquier modo nos agradaría mucho que nos acompañaran, si
tienen ganas. No recibimos a menudo a Gente del Exterior... perdón, viajeros de la
Comarca, quiero decir; y nos gusta enterarnos de las últimas noticias, o quizás oír una
historia o una canción, como prefieran. ¡Decidan ustedes! Cualquier cosa que
necesiten, ¡toquen la campanilla!
Luego de la cena (que había durado tres cuartos de hora, sin la interrupción de
palabras inútiles) Frodo, Pippin y Sam se sintieron tan frescos y animados que
decidieron unirse a los otros huéspedes. Merry dijo que el aire del salón debía de ser
sofocante.
-Me quedaré aquí un rato sentado junto al fuego y luego quizá salga a tomar un poco
de aire. Cuídense y no olviden que hemos escapado en secreto y que aún estamos en
camino ¡y no muy lejos de la Comarca!
-¡Bueno, bueno! -dijo Pippin-. ¡Cuídate tú también! ¡No te pierdas y no olvides que
adentro estarás más seguro!


Los huéspedes estaban reunidos en el salón común de la posada. La
concurrencia era numerosa y heterogéneo, descubrió Frodo, cuando los ojos se le
acostumbraron a la luz. Esta procedía sobre todo de un llameante fuego de leña, pues
los tres faroles que pendían de las vigas eran débiles y estaban velados por el humo.
Cebadilla Mantecona, de pie junto al fuego, hablaba con una pareja de enanos y con uno
o dos hombres de extraño aspecto. En los bancos había gentes diversas: hombres de
Bree, un grupo de hobbits locales sentados juntos, charlando, algunos enanos más y
otras figuras difíciles de distinguir en las sombras y rincones.
Tan pronto como los hobbits de la Comarca entraron en el salón, se alzó un coro de
voces: Bree les daba la bienvenida. Los extraños, especialmente los que habían venido
por el Camino Verde, los miraron con curiosidad. El posadero presentó los recién
llegados a la gente de Bree, tan rápidamente que aunque los hobbits entendían los
nombres no estaban seguros de saber a quién pertenecía éste y a quién este otro. Todos
los hombres de Bree parecían tener nombres botánicos (y bastante raros para la gente de
la Comarca), tales como juncales, Madreselva, Matosos, Manzanero, Cardoso y
Helechal (y Cebadilla Mantecona). Algunos hobbits tenían nombres similares. Los
Artemisa, por ejemplo, parecían numerosos. Pero la mayoría llevaba nombres sacados
de accidentes naturales como Bancos, Tejonera, Cuevas, Arenas y Tunelo, muchos de
los cuales eran comunes en la Comarca. Había varios Sotomonte de Entibo y como no
alcanzaban a imaginar que compartiesen un nombre y no fuesen parientes, tomaron
cariñosamente a Frodo por un primo perdido hacía tiempo.
Los hobbits de Bree eran en verdad amables y curiosos y Frodo pronto se dio cuenta
de que tendría que dar alguna explicación de lo que hacía. Dijo que le interesaban la
geografía y la historia (y aquí hubo muchos cabeceos de asentimiento, aunque estas

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