Daniel Goleman Inteligencia Emocional
1. ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS EMOCIONES?
Sólo se puede ver correctamente con el corazón; lo esencial permanece
invisible para el ojo.
Antoine de Saint-Exupéry, El principito
Ahora, los últimos momentos de las vidas de Gary y Mary Jane Chauncey, un matrimonio
completamente entregado a Andrea, su hija de once años, a quien una parálisis cerebral terminó confinando a
una silla de ruedas. Los Chauncey viajaban en el tren anfibio que se precipitó a un río de la región pantanosa
de Louisiana después de que una barcaza chocara contra el puente del ferrocarril y lo semidestruyera.
Pensando exclusivamente en su hija Andrea, el matrimonio hizo todo lo posible por salvarla mientras el tren iba
sumergiéndose en el agua y se las arreglaron, de algún modo, para sacarla a través de una ventanilla y ponerla
a salvo en manos del equipo de rescate. Instantes después, el vagón terminó sumergiéndose en las
profundidades y ambos perecieron. La historia de Andrea, la historia de unos padres cuyo postrero acto de
heroísmo fue el de garantizar la supervivencia de su hija, refleja unos instantes de un valor casi épico. No cabe
la menor duda de que este tipo de episodios se habrá repetido en innumerables ocasiones a lo largo de la
prehistoria y la historia de la humanidad, por no mencionar las veces que habrá ocurrido algo similar en el
dilatado curso de la evolución. Desde el punto de vista de la biología evolucionista, la autoinmolación parental
está al servicio del « éxito reproductivo» que supone transmitir los genes a las generaciones futuras, pero
considerado desde la perspectiva de unos padres que deben tomar una decisión desesperada en una situación
limite, no existe más motivación que el amor.
Este ejemplar acto de heroísmo parental, que nos permite comprender el poder y el objetivo de las
emociones, constituye un testimonio claro del papel desempeñado por el amor altruista --y por cualquier otra
emoción que sintamos -- en la vida de los seres humanos. De hecho, nuestros sentimientos, nuestras
aspiraciones y nuestros anhelos más profundos constituyen puntos de referencia ineludibles y nuestra especie
debe gran parte de su existencia a la decisiva influencia de las emociones en los asuntos humanos. El poder
de las emociones es extraordinario, sólo un amor poderoso --la urgencia por salvar al hijo amado, por
ejemplo-- puede llevar a unos padres a ir más allá de su propio instinto de supervivencia individual. Desde el
punto de vista del intelecto, se trata de un sacrificio indiscutiblemente irracional pero, visto desde el corazón,
constituye la única elección posible.
Cuando los sociobiólogos buscan una explicación al relevante papel que la evolución ha asignado a las
emociones en el psiquismo humano, no dudan en destacar la preponderancia del corazón sobre la cabeza en
los momentos realmente cruciales. Son las emociones --afirman-- las que nos permiten afrontar situaciones
demasiado difíciles --el riesgo, las pérdidas irreparables, la persistencia en el logro de un objetivo a pesar de
las frustraciones, la relación de pareja, la creación de una familia, etcétera-- como para ser resueltas
exclusivamente con el intelecto. Cada emoción nos predispone de un modo diferente a la acción; cada una de
ellas nos señala una dirección que, en el pasado, permitió resolver adecuadamente los innumerables desafíos
a que se ha visto sometida la existencia humana. En este sentido, nuestro bagaje emocional tiene un
extraordinario valor de supervivencia y esta importancia se ve confirmada por el hecho de que las emociones
han terminado integrándose en el sistema nervioso en forma de tendencias innatas y automáticas de nuestro
corazón.
Cualquier concepción de la naturaleza humana que soslaye el poder de las emociones pecará de una
lamentable miopía. De hecho, a la luz de las recientes pruebas que nos ofrece la ciencia sobre el papel
desempeñado por las emociones en nuestra vida, hasta el mismo término homo sapiens --la especie
pensante-- resulta un tanto equivoco. Todos sabemos por experiencia propia que nuestras decisiones y
nuestras acciones dependen tanto --y a veces más-- de nuestros sentimientos como de nuestros
pensamientos. Hemos sobrevalorado la importancia de los aspectos puramente racionales (de todo lo que
mide el CI) para la existencia humana pero, para bien o para mal, en aquellos momentos en que nos vemos
arrastrados por las emociones, nuestra inteligencia se ve francamente desbordada.
9
|
|