Daniel Goleman Inteligencia Emocional
peligrosas para nuestra salud física como fumar varios paquetes de tabaco al día y cómo, por último, el
equilibrio emocional contribuye, por el contrario, a proteger nuestra salud y nuestro bienestar.
La herencia genética nos ha dotado de un bagaje emocional que determina nuestro temperamento, pero
los circuitos cerebrales implicados en la actividad emocional son tan extraordinariamente maleables que no
podemos afirmar que el carácter determine nuestro destino. Como muestra la cuarta parte de nuestro libro, las
lecciones emocionales que aprendimos en casa y en la escuela durante la niñez modelan estos circuitos
emocionales tornándonos más aptos --o más ineptos-- en el manejo de los principios que rigen la inteligencia
emocional. En este sentido, la infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar
los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas.
La quinta parte explora cuál es la suerte que aguarda a aquellas personas que, en su camino hacia la
madurez, no logran controlar su mundo emocional y de qué modo las deficiencias de la inteligencia emocional
aumentan el abanico de posibles riesgos, riesgos que van desde la depresión hasta una vida llena de violencia,
pasando por los trastornos alimentarios y el abuso de las drogas.
Esta parte también documenta extensamente los esfuerzos realizados en este sentido por ciertas
escuelas pioneras que se dedican a enseñar a los niños las habilidades emocionales y sociales necesarias
para mantener encarriladas sus vidas.
El conjunto de datos más inquietantes de todo el libro tal vez sea el que nos habla de la investigación
llevada a cabo entre padres y profesores y que demuestra el aumento de la tendencia en la presente
generación infantil al aislamiento, la depresión, la ira, la falta de disciplina, el nerviosismo, la ansiedad, la
impulsividad y la agresividad, un aumento, en suma, de los problemas emocionales.
Si existe una solución, ésta debe pasar necesariamente, en mi opinión, por la forma en que preparamos
a nuestros jóvenes para la vida. En la actualidad dejamos al azar la educación emocional de nuestros hijos con
consecuencias más que desastrosas. Como ya he dicho, una posible solución consistiría en forjar una nueva
visión acerca del papel que deben desempeñar las escuelas en la educación integral del estudiante,
reconciliando en las aulas a la mente y al corazón. Nuestro viaje concluye con una visita a algunas escuelas
innovadoras que tratan de enseñar a los niños los principios fundamentales de la inteligencia emocional.
Quisiera imaginar que, algún día, la educación incluirá en su programa de estudios la enseñanza de
habilidades tan esencialmente humanas como el a utoconocimiento, el autocontrol, la empatía y el arte de
escuchar, resolver conflictos y colaborar con los demás.
En su Ética a Nicómaco. Aristóteles realiza una indagación filosófica sobre la virtud, el carácter y la
felicidad, desafiándonos a gobernar inteligentemente nuestra vida emocional. Nuestras pasiones pueden
abocar al fracaso con suma facilidad y. de hecho, así ocurre en multitud de ocasiones; pero cuando se hallan
bien adiestradas, nos proporcionan sabiduría y sirven de guía a nuestros pensamientos, valores y
supervivencia. Pero, como dijo Aristóteles, el problema no radica en las emociones en sí sino en su
conveniencia y en la oportunidad de su expresión. La cuestión esencial es: ¿de qué modo podremos aportar
más inteligencia a nuestras emociones, más civismo a nuestras calles y más afecto a nuestra vida social?
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