Daniel Goleman Inteligencia Emocional

bien la relación sexual constituye, en el mejor de los casos, la máxima expresión de la empatía mutua, en el
peor de ellos, sin embargo, manifiesta la ausencia de toda reciprocidad emocional.



EL COSTE DE LA FALTA DE SINTONÍA


Stern sostiene que, gracias a la repetición de estos momentos de sintonía emocional, el niño desarrolla
la sensación de que los demás pueden y quieren compartir sus sentimientos. Esta sensación parece emerger
alrededor de los ocho meses de edad --una época en la que el bebé comienza a comprender que se halla
separado de los demás-- y sigue modelándose en función del tipo de relaciones próximas que mantenga a lo
largo de toda su vida.
Cuando los padres están desintonizados emocionalmente de sus hijos, esta situación puede llegar a ser
especialmente abrumadora. En uno de sus experimentos, Stern utilizó a madres que, en lugar de establecer
una comunicación armónica con sus hijos, reaccionaban deliberadamente por encima o por debajo de lo
normal a sus demandas, algo a lo que los niños respondían siempre con una mues tra inmediata de
consternación o malestar.
El coste de la falta de sintonía emocional entre padres e hijos es extraordinario. Cuando los padres
fracasan reiteradamente en mostrar empatía hacia una determinada gama de emociones de su hijo
--ya sea la risa, e llanto o la necesidad de ser abrazado, por ejemplo-- el niño dejará de expresar e incluso
l
dejará de sentir ese tipo de emociones. Es muy posible que, de este modo, muchas emociones comiencen
a desvanecerse del repertorio de sus relaciones íntimas, especialmente en el caso de que estos
sentimientos fueran desalentados de forma más o menos explícita durante la infancia.
Por el mismo motivo, los niños pueden alimentar también una serie de emociones negativas,
dependiendo de los estados de ánimo que hayan sido reforzados por sus padres. Los niños son tan capaces
de «captar» los estados de ánimo que hasta los bebés de tres meses, hijos de madres depresivas, por
ejemplo, reflejan el estado anímico de éstas mientras juegan con ellas, mostrando más sentimientos de enfado
y tristeza que de curiosidad e interés espontáneo, en comparación con aquellos otros bebés cuyas madres no
mostraban ningún síntoma depresivo.
Por ejemplo, una de las madres que participó en la investigación realizada por Stern apenas sí
reaccionaba a las demandas de actividad de su bebé y éste, finalmente, aprendió a ser pasivo.
«Un niño que es tratado así --afirma Stern-- aprende que, cuando está excitado, no puede conseguir
que su madre se excite también, de modo que tal vez sería mejor que ni siquiera lo intente.»
Sin embargo. existe todavía cierta esperanza en lo que se ha dado en llamar relaciones
«compensatorias», «las relaciones mantenidas a lo largo de toda la vida--con los amigos, los familiares o
incluso dentro del campo de la psicoterapia-- que remodelan de continuo la pauta de nuestras relaciones. De
este modo, ¿cualquier posible desequilibrio puede corregirse después o se trata de un proceso que perdura a
lo largo de toda la vida?
De hecho, varias teorías psicoanalíticas consideran que la relación terapéutica constituye un adecuado
correctivo emocional que puede proporcionar una experiencia satisfactoria de sintonización. Algunos
pensadores psicoanalíticos utilizan el término espejo para referirse a la técnica mediante la cual el
psicoanalista devuelve al cliente --de modo muy similar a la madre que se halla en armonía emocional con su
hijo-- un reflejo que le permite alcanzar una comprensión de su propio estado interno. La sincronía emocional
pasa inadvertida y queda fuera del conocimiento consciente, aunque el paciente puede sentirse reconfortado y
con la profunda sensación de ser respetado y comprendido.
El coste emocional de la falta de sintonización en la infancia puede ser alto... y no sólo para el niño. Un
estudio efectuado con convictos de delitos violentos puso de manifiesto que todos ellos habían padecido una
situación infantil --que los diferenciaba también de otros delincuentes-- muy parecida, que consistía en haber
cambiado constantemente de familia adoptiva o haber crecido en orfanatos, es decir, haber experimentado una
seria orfandad emocional o haber gozado de muy pocas oportunidades de experimentar la sintonía
emocional. El descuido emocional ocasiona una torpe empatía pero el abuso emocional intenso y sostenido --
es decir, el trato cruel, las amenazas, las humillaciones y las mezquindades-- provoca un resultado
paradójico. En tal caso, los niños que han experimentado estos abusos pueden llegar a mostrarse
extraordinariamente atentos a las emociones de quienes les rodean, un estado de al erta postraumática ante
los signos que impliquen algún tipo de amenaza. Esta preocupación obsesiva por los sentimientos ajenos es
típica de aquellos niños que han padecido abusos psicológicos, niños que, al llegar a la edad adulta,
mostrarán una volubilidad emocional que puede llegar a ser diagnosticada como «trastorno borderline de la

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