Daniel Goleman Inteligencia Emocional
aptitud. Pero este argumento pasa por alto una cuestión decisiva: ¿qué cambios podemos llevar a cabo para
que a nuestros hijos les vaya bien en la vida? ¿Qué factores entran en juego, por ejemplo, cuando personas
con un elevado CI no saben qué hacer mientras que otras, con un modesto, o incluso con un bajo CI, lo hacen
sorprendentemente bien? Mi tesis es que e diferencia radica con mucha frecuencia en el conjunto de
sta
habilidades que hemos dado en llamar inteligencia emocional, habilidades entre las que destacan el
autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia y la capacidad para motivarse a uno mismo. Y todas estas
capacidades, como podremos comprobar, pueden enseñarse a los niños, brindándoles así la oportunidad de
sacar el mejor rendimiento posible al potencial intelectual que les haya correspondido en la lotería genética.
Más allá de esta posibilidad puede entreverse un ineludible imperativo moral. Vivimos en una época en la
que el entramado de nuestra sociedad parece descomponerse aceleradamente, una época en la que el
egoísmo, la violencia y la mezquindad espiritual parecen socavar la bondad de nuestra vida colectiva. De ahí la
importancia de la inteligencia emocional, porque constituye el vínculo entre los sentimientos, el carácter y los
impulsos morales. Además, existe la creciente evidencia de que las actitudes éticas fundamentales que
adoptamos en la vida se asientan en las capacidades emocionales subyacentes. Hay que tener en cuenta que
el impulso es el vehículo de la emoción y que la semilla de todo impulso es un sentimiento expansivo que
busca expresarse en la acción. Podríamos decir que quienes se hallan a merced de sus impulsos --quienes
carecen de autocontrol -- adolecen de una deficiencia moral porque la capacidad de controlar los impulsos
constituye el fundamento mismo de la voluntad y del carácter.
Por el mismo motivo, la raíz del altruismo radica en la empatía, en la habilidad para comprender las
emociones de los demás y es por ello por lo que la falta de sensibilidad hacia las necesidades o la
desesperación ajenas es una muestra patente de falta de consideración. Y si existen dos actitudes morales
que nuestro tiempo necesita con urgencia son el autocontrol y el altruismo.
NUESTRO VIAJE
El presente libro constituye una guía para conocer todas esas visiones científicas sobre la emoción, un
viaje cuyo objetivo es proporcionarnos una mejor comprensión de una de las facetas más desconcertantes de
nuestra vida y del mundo que nos rodea.
La meta de nuestro viaje consiste en llegar a comprender el significado --y el modo-- de dotar de
inteligencia a la emoción, una comprensión que, en sí misma, puede servirnos de gran ayuda, porque el hecho
de tomar conciencia del dominio de los sentimientos puede tener un efecto similar al que provoca un
observador en el mundo de la física cuántica, es decir, transformar el objeto de observación.
Nuestro viaje se inicia en la primera parte con una revisión de los descubrimientos más recientes sobre
la arquitectura emocional del cerebro que nos explica una de las coyunturas más desconcertantes de nuestra
vida, aquélla en que nuestra razón se ve desbordada por el sentimiento. Llegar a comprender la interacción de
las diferentes estructuras cerebrales que gobiernan nuestras iras y nuestros temores --o nuestras pasiones y
nuestras alegrías -- puede enseñarnos mucho sobre la forma en que aprendemos los hábitos emocionales que
socavan nuestras mejores intenciones, así como también puede mostrarnos el mejor camino para llegar a
dominar los impulsos emocionales más destructivos y frustrantes. Y, lo que es aún más importante, todos
estos datos neurológicos dejan una puerta abierta a la posibilidad de modelar los hábitos emocionales de
nuestros hijos.
En la segunda parte, la siguiente parada importante de nuestro recorrido, examinaremos el papel que
desempeñan los datos neurológicos en esa aptitud vital básica que denominamos inteligencia emoc ional, esa
disposición que nos permite, por ejemplo, tomar las riendas de nuestros impulsos emocionales, comprender
los sentimientos más profundos de nuestros semejantes, manejar amablemente nuestras relaciones o
desarrollar lo que Aristóteles denominara la infrecuente capacidad de «enfadarse con la persona adecuada, en
el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto». (Aquellos lectores que
no se sientan atraídos por los detalles neurológicos tal vez quieran comenzar el libro directamente por este
capítulo).
Este modelo ampliado de lo que significa «ser inteligente» otorga a las emociones un papel central en el
conjunto de aptitudes necesarias para vivir. En la tercera parte examinamos algunas de las diferencias
fundamentales originadas por este tipo de aptitudes: cómo pueden ayudarnos, por ejemplo, a cuidar nuestras
relaciones más preciadas o cómo, por el contrario, su ausencia puede llegar a destruirlas; cómo las fuerzas
económicas que modelan nuestra vida laboral están poniendo un énfasis sin precedentes en estimular la
inteligencia emocional para alcanzar el éxito laboral; cómo las emociones tóxicas pueden llegar a ser tan
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