Daniel Goleman Inteligencia Emocional

Un joven alemán es juzgado por provocar un incendio que terminó con la vida de cinco mujeres y niñas
de origen turco mientras éstas dormían. El joven, integrante de un grupo neonazi, trató de disculpar su
conducta aludiendo a su inestabilidad laboral, a sus problemas con el alcohol y a su creencia de que los
culpables de su mala fortuna eran los extranjeros. Y, con un hilo de voz apenas audible, concluyó su
declaración diciendo «Me arrepentiré toda la vida. Estoy profundamente avergonzado de lo que hicimos».
A diario, los periódicos nos acosan con noticias que hablan del aumento de la inseguridad y de la
degradación de la vida ciudadana. Fruto de una irrupción descontrolada de los impulsos.
Pero este tipo de noticias simplemente nos devuelve la imagen ampliada de la creciente pérdida de
control sobre las emociones que tiene lugar en nuestras vidas y en las vidas de quienes nos rodean. Nadie
permanece a salvo de esta marea errática de arrebatos y arrepentimientos que, de una manera u otra, acaba
salpicando toda nuestra vida.
En la última década hemos asistido a un bombardeo constante de este tipo de noticias que constituye
el fiel reflejo de nuestro grado de torpeza emocional, de nuestra desesperación y de la insensatez de nuestra
familia, de nuestra comunidad y, en suma, de toda nuestra sociedad. Estos años constituyen la apretada
crónica de la rabia y la desesperación galopantes que bullen en la callada soledad de unos niños cuya madre
trabajadora los deja con la televisión como única niñera, en el sufrimiento de los niños abandonados,
descuidados o que han sido víctimas de abusos sexuales y en la mezquina intimidad de la violencia conyugal.
Este malestar emocional también es el causante del alarmante incremento de la depresión en todo el mundo y
de las secuelas que lo deja tras de sí la inquietante oleada de la violencia: escolares armados, accidentes
automovilísticos que terminan a tiros, parados resentidos que masacran a sus antiguos compañeros de
trabajo, etcétera. Abuso emocional, heridas de bala y estrés postraumático son expresiones que han llegado a
formar parte del léxico familiar de la última década, al igual que el moderno cambio de eslogan desde el jovial
«¡Que tenga un buen día!» a la suspicacia del «¡Hazme tener un buen día!».
Este libro constituye una guía para dar sentido a lo aparentemente absurdo. En mi trabajo como
psicólogo y --en la última década-- como periodista del New York Times, he tenido la oportunidad de asistir a
la evolución de nuestra comprensión científica del dominio de lo irracional. Desde esta privilegiada posición he
podido constatar la existencia de dos tendencias contrapuestas, una que refleja la creciente calamidad de
nuestra vida emocional y la otra que nos parece brindarnos algunas soluciones sumamente esperanzadoras.



¿POR QUÉ ESTA INVESTIGACION AHORA?

A pesar de la abundancia de malas noticias, durante la última década hemos asistido a una eclosión sin
precedentes de investigaciones científicas sobre la emoción, uno de cuyos ejemplos más elocuentes ha sido
el poder llegar a vislumbrar el funcionamiento del cerebro gracias a la innovadora tecnología del escáner
cerebral. Estos nuevos medios tecnológicos han desvelado por vez primera en la historia humana uno de los
misterios más profundos: el funcionamiento exacto de esa intrincada masa de células mientras estamos
pensando, sintiendo, imaginando o soñando.
Este aporte de datos neurobiológicos nos permite comprender con mayor claridad que nunca la manera
en que los centros emocionales del cerebro nos incitan a la rabia o al llanto, el modo en que sus regiones más
arcaicas nos arrastran a la guerra o al amor y la forma en que podemos canalizarlas hacia el bien o hacia el
mal.
Esta comprensión --desconocida hasta hace muy poco-- de la actividad emocional y de sus
deficiencias pone a nuestro alcance nuevas soluciones para remediar la crisis emocional colectiva.
Para escribir este libro he tenido que aguardar a que la cosecha de la ciencia fuera lo suficientemente
fructífera. Este conocimiento ha tardado tanto en llegar porque, durante muchos años, la investigación ha
soslayado el papel desempeñado por los sentimientos en la vida mental, dejando que las emociones fueran
convirtiéndose en el gran continente inexplorado de la psicología científica. Y todo este vacío ha propiciado la
aparición de un torrente de libros de autoayuda llenos de consejos bien intencionados, aunque basados, en el
mejor de los casos, en opiniones clínicas con muy poco fundamento científico, si es que poseen alguno. Pero
hoy en día la ciencia se halla, por fin, en condiciones de hablar con autoridad de las cuestiones más
apremiantes y contradictorias relativas a los aspectos más irracionales del psiquismo y de cartografiar, con
cierta precisión, el corazón del ser humano.
Esta tarea constituye un auténtico desafío para quienes suscriben una visión estrecha de la inteligencia
y aseguran que el CI (CI: coeficiente o cociente intelectual) es un dato genético que no puede ser modificado
por la experiencia vital y que el destino de nuestras vidas se halla, en buena medida, determinado por esta

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