Daniel Goleman Inteligencia Emocional

adviniendo algo que suscita la idea de alguna amenaza o un peligro potencial, una catástrofe imaginaria que, a
su vez, desencadena un ataque moderado de ansiedad: luego el aprensivo se sumerge en una serie de
pensamientos de angustia, cada uno de los cuales desata nuevas preocupaciones. Mientras la atención
permanezca circunscrita a este ámbito obsesivo y se mantenga focalizada en este tipo de pensamientos,
conseguirá apartar de su mente la imagen original catastrófica que disparó la ansiedad. Como descubrió
Borkovec, las imágenes son más poderosas que los pensamientos a la hora de activar la ansiedad fisiológica.
Es por esto por lo que la inmersión en los pensamientos y la exclusión de las imágenes catastróficas es
capaz de aliviar parcialmente la angustia. Y. en ese sentido, la preocupación se ve reforzada porque constituye
una suerte de antídoto parcial de la angustia.
Pero la preocupación crónica también resulta frustrante porque se constituye una secuencia de ideas
obsesivas y estereotipadas que no aportan ninguna solución creativa que contribuya realmente a resolver el
problema. Esta rigidez no sólo se manifiesta en el contenido mismo del pensamiento o bsesivo --que
simplemente se limita a repetir la misma idea una y otra vez-- sino también a nivel neurológico, en donde
parece presentarse una cierta inflexibilidad cortical y una incapacidad del cerebro emocional para adaptarse a
las circunstancias cambiant es. En resumen, pues, aunque la preocupación crónica funcione en ciertos
sentidos, no lo hace en otros aspectos mucho más importantes. Tal vez pueda disipar parcialmente la
ansiedad, pero jamás contribuirá a aportar la solución a un determinado problema.
En cualquier caso, no hay nada más difícil para un aprensivo crónico que seguir el consejo que más
frecuentemente se le brinda: «deja de preocuparte» (o peor todavía: «no te preocupes; se feliz»). No olvidemos
el papel que desempeña la amígdala en el desarrollo de las preocupaciones crónicas, un papel que justifica su
irrupción inesperada y su persistencia una vez que han hecho su aparición en escena. Sin embargo, la
investigación realizada por Borkovec le ha permitido elaborar un método sencillo que puede ayudar a los
aprensivos crónicos a controlar su hábito.
El primer paso consiste en tomar conciencia de uno mismo y registrar el primer acceso de
preocupación tan pronto como sea posible. En circunstancias ideales, este registro debería tener lugar
inmediatamente, en el mismo instante en que una fugaz imagen catastrófica pone en marcha el ciclo de la
preocupación y la ansiedad. En este sentido, el adiestramiento propuesto por Borkovec consiste en comenzar
enseñándoles a darse cuenta de los signos de la ansiedad y, en especial, adiestrándoles a identificar las
situaciones, las imágenes y los pensamientos ocasionales que desencadenan el ciclo de la preocupación y
las sensaciones corporales de ansiedad que las acompañan. Con el debido entrenamiento, la persona puede
llegar a captar el surgimiento de la preocupación en un momento cada vez más cercano al inicio de la espiral
de la ansiedad. También es posible recurrir al aprendizaje de alguna técnica de relajación que la persona
pueda aplicar apenas advierta el inicio del ciclo y ejercitarse en ella hasta ser capaz de utilizarla
adecuadamente en el momento preciso.
Sin embargo, la relajación no basta por sí sola. Las personas aprensivas también deben afrontar más
activamente los pensamientos perturbadores porque, de lo contrario, la espiral de la preocupación volverá a
iniciarse una y otra vez. El siguiente paso consiste en adoptar una postura crítica ante las creencias que
sustentan la preocupación. ¿Cabe ciertamente la posibilidad de que ocurra el acontecimiento temido? ¿Es
algo absolutamente necesario y no existe más alternativa que aceptarlo? ¿Hay algo positivo que pueda
hacerse al respecto? ¿Realmente me sirve de algo dar vueltas y más vueltas a los mismos pensamientos?
Esta combinación de atención y sano escepticismo puede servir para frenar la activación neurológica
que subyace a la ansiedad moderada. La inducción activa de este tipo de pensamientos puede terminar
inhibiendo el impulso límbico que alimenta la preocupación. Paralelamente, la inducción activa de un estado de
relajación contrarresta las señales de ansiedad que el cerebro emocional envía a todo el cuerpo.
De hecho, como señala Borkovec, estas estrategias determinan un curso de actividad mental que es
incompatible con la preocupación. La reiterada persistencia de un determinado pensamiento obsesivo aumenta
su poder persuasivo pero, en el caso de que logremos desviar la atención hacia un abanico de alternativas
igualmente plausibles, evitaremos tomar ingenuamente como verdaderos los pensamientos que nos
obsesionan. Este método se ha mostrado eficaz para aliviar este contumaz hábito hasta con aquellas
personas cuyas preocupaciones son tan serias como para merecer un diagnóstico psiquiátrico.
Por otra parte, sería también recomendable --e incluso diríamos que sería una señal de
autoconciencia-- que las personas cuyas preocupaciones son tan graves como para desembocar en fobias,
trastornos obsesivo--compulsivos o ataques de pánico, recurrieran a la medicación para tratar de interrumpir
este círculo vicioso. No obstante, una reeducación emocional a través de la terapia sigue siendo imprescindible
para disminuir la probabilidad de que los trastornos de ansiedad vuelvan a presentarse una vez que se haya
dejado la medicación.



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