Daniel Goleman Inteligencia Emocional

de algún problema neurológico que justificara su incapacidad porque, de no ser así, debía concluir lógicamente
que su enfermedad era meramente inexistente.
Antonio Damasio, el neurólogo al que consultó, se quedó completamente atónito ante el hecho de que,
aunque la capacidad lógica, la memoria, la atención y otras habilidades cognitivas se hallaran intactas, Elliot
no parecía darse cuenta de sus sentimientos con respecto a lo que le estaba ocurriendo. Podía hablar de los
acontecimientos más trágicos de su vida con una ausencia completa de emociones, como sí fuera un mero
espectador de las pérdidas y los fracasos de su pasado, sin mostrar la menor desazón, tristeza, frustración o
enojo por la injusticia de la vida. Su propia tragedia parecía causarle tan poco sufrimiento que hasta el mismo
Damasio parecía más preocupado que él.
Damasio llegó a la conclusión de que la causa de aquella ignorancia emocional había que buscarla en la
intervención quirúrgica, ya que la extirpación del tumor cerebral debería haber afectado parcialmente a los
lóbulos prefrontales. Efectivamente, la operación había seccionado algunas de las conexiones nerviosas
existentes entre los centros inferiores del cerebro emocional, (en panicular, la amígdala y otras regiones
adyacentes) y las regiones pensantes del neocórtex. De este modo, su pensamiento se había convertido en
una especie de ordenador, completamente capaz de dar los pasos necesarios para tomar una decisión, pero
absolutamente incapaz de asignar valores a cada una de las posibles alternativas. Todas las posibilidades que
le ofrecía su mente resultaban, así, igualmente neutras. Ese razonamiento francamente desapasionado era, en
opinión de Damasio, el núcleo de los problemas de Elliot, ya que la falta de conciencia de sus propios
sentimientos sobre las cosas era precisamente lo que hacía defectuoso su proceso de razonamiento.
Las dificultades de Elliot se presentaban incluso en las decisiones más nimias. Cuando Damasio trató
de concertar un día y una hora para la próxima cita, Elliot se convirtió en un amasijo de dudas porque
encontraba pros y contras para cada uno de los días y de las horas que le proponía Damasio y no acertaba a
elegir entre ninguna de ellas. Los motivos que aducía para aceptar u objetar cualquiera de las alternativas eran
sumamente razonables, pero era incapaz de darse cuenta de cómo se sentía con cualquiera de ellas. Y
aquella falta de conciencia de sus propios sentimientos era precisamente lo que le convertía en alguien
completamente apático.
Los sentimientos desempeñan un papel fundamental para navegar a través de la incesante corriente de
las decisiones personales que la vida nos obliga a tomar. Es cierto que los sentimientos muy intensos pueden
crear estragos en el razonamiento, pero también lo es que la falta de conciencia de los sentimientos puede ser
absolutamente desastrosa, especialmente en aquellos casos en los que tenemos que sopesar
cuidadosamente decisiones de las que, en gran medida, depende nuestro futuro (como la carrera que
estudiaremos, la necesidad de mantener un trabajo estable o de arriesgarnos a cambiarlo por otro más
interesante, con quién casamos, dónde vivir, qué apartamento alquilar, qué casa comprar, etcétera). Estas son
decisiones que no pueden tomarse exclusivamente con la razón sino que también requieren del concurso de
las sensaciones viscerales y de la sabiduría emocional acumulada por la experiencia pasada. La lógica formal
por sí sola no sirve para decidir con quién casamos, en quién confiar o qué trabajo desempeñar porque, en
esos dominios, la razón carente de sentimientos es ciega.
Las señales intuitivas que nos guían en esos momentos llegan en forma de impulsos límbicos que
Damasio denomina «indicadores somáticos», sensaciones viscerales, un tipo de alarma automática que llama
la atención sobre el posible peligro de un determinado curso de acción. Estos indicadores suelen orientarnos
en contra de determinadas decisiones y también pueden alertamos de la presencia de alguna oportunidad
interesante. En esos momentos no solemos recordar la experiencia concreta que determina esa sensación
negativa, aunque en realidad lo único que nos interesa es la señal de que un determinado curso de acción
puede conducimos al desastre. De este modo, la presencia de esta sensación visceral confiere una seguridad
que nos permite renunciar o proseguir con un determinado curso de acción, reduciendo así la gama de
posibles alternativas a una lista mucho más manejable. La llave que favorece la toma de decisiones personales
consiste, en suma, en permanecer en contacto con nuestras propias sensaciones.



SONDEANDO EL INCONSCIENTE


La vacuidad emocional de Elliot patentiza la existencia de todo un abanico de capacidades personales
para darse cuenta de las emociones en el mismo momento en que se están experimentando. Según la lógica
de la neurociencia, si la ausencia de un determinado circuito neuronal conduce a una deficiencia en una
capacidad concreta, la fortaleza o debilidad relativa de ese mismo circuito en personas cuyos cerebros se
hallan intactos debería conducir a niveles comparables de competencia en esa misma capacidad. Esto
significa que existen motivos neurológicos --ligados al papel que desempeñan los circuitos prefrontales en la

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