Daniel Goleman Inteligencia Emocional

entorno en busca de predadores y de presas. Según LeDoux: «El rudimentario cerebro menor de los
mamíferos es el principal cerebro de los no mamíferos, un cerebro que permite una respuesta emocional muy
veloz. Pero, aunque veloz, se trata también, al mismo tiempo, de una respuesta muy tosca, porque las células
implicadas sólo permiten un procesamiento rápido, pero también impreciso».
Tal vez esta imprecisión resulte adecuada, por ejemplo, en el caso de una ardilla, porque en tal
situación se halla al servicio de la supervivencia y le permite escapar ante el menor asomo de peligro o correr
detrás de cualquier indicio de algo comestible, pero en la vida emocional del ser humano esa vaguedad puede
llegar a tener consecuencias desastrosas para nuestras relaciones, porque implica, figurativamente hablando,
que podemos escapar o lanzarnos irracionalmente sobre alguna persona o sobre alguna cosa. (Consideremos
en este sentido, por ejemplo, el caso de aquella camarera que derramó una bandeja con seis platos en cuanto
vislumbró la figura de una mujer con una enorme cabellera pelirroja y rizada exactamente igual a la de la mujer
por la que la había abandonado su ex-marido.)
Estas rudimentarias confusiones emocionales, basadas en sentir antes que en el pensar, son
calificadas por LeDoux como «emociones precognitivas», reacciones basadas en impulsos neuronales
fragmentarios, en bits de información sensorial que no han terminado de organizarse para configurar un objeto
reconocible. Se trata de una forma elemental de información sensorial, una especie de «adivina la canción»
neuronal --ese juego que consiste en adivinar el nombre de una melodía tras haber escuchado tan sólo unas
pocas notas --, de intuir una percepción global apenas percibidos unos pocos rasgos. De este modo, cuando
la amígdala experimenta una determinada pauta sensorial como algo urgente, no busca en modo alguno
confirmar esa percepción, sino que simplemente extrae una conclusión apresurada y dispara una respuesta.
No deberíamos sorprendemos de que el lado oscuro de nuestras emociones más intensas nos resulte
incomprensible, especialmente en el caso de que estemos atrapados en ellas. La amígdala puede reaccionar
con un arrebato de rabia o de miedo antes de que el córtex sepa lo que está ocurriendo, porque la emoción se
pone en marcha antes que el pensamiento y de un modo completamente independiente de él.



EL GESTOR DE LAS EMOCIONES

El día en que Jessica, la hija de seis años de una amiga, pasó su primera noche en casa de una
compañera, mi amiga se hallaba tan nerviosa como ella. Durante todo el día había tratado de que Jessica no
se diera cuenta de su ansiedad pero, cuando estaba a punto de acostarse, sonó el timbre del teléfono y mi
amiga soltó de inmediato el cepillo de dientes y corrió hacia el teléfono, con el corazón en un puño, mientras
por su mente desfilaba todo tipo de imágenes de Jessica en peligro.
«¡Jessica!» --dijo mi amiga, descolgando bruscamente el teléfono. Y entonces escuchó la voz de una
mujer disculpándose por haberse equivocado de número. Ante aquello, la madre de Jessica, recuperando de
golpe la compostura, replicó mesuradamente: « ¿Con qué número desea hablar?» El hecho es que, mientras
la amígdala prepara una reacción ansiosa e impulsiva, otra parte del cerebro emocional se encarga de
elaborar una respuesta más adecuada. El regulador cerebral que desconecta los impulsos de la amígdala
parece encontrarse en el otro extremo de una de las principales vías nerviosas que van al neocórtex, en el
lóbulo prefrontal, que se halla inmediatamente detrás de la frente. El córtex prefrontal parece ponerse en
funcionamiento cuando alguien tiene miedo o está enojado pero sofoca o controla el sentimiento para afrontar
de un modo más eficaz la situación presente o cuando una evaluación posterior exige una respuesta
completamente diferente, como ocurrió en el caso de mi amiga. De este modo, el área prefrontal constituye
una especie de modulador de las respuestas proporcionadas por la amígdala y otras regiones del sistema
límbico, permitiendo la emisión de una respuesta más analítica y proporcionada.
Habitualmente, las áreas prefrontales gobiernan nuestras reacciones emocionales. Recordemos que el
camino nervioso más largo de los que sigue la información sensorial procedente del tálamo, no va a la
amígdala sino al neocórtex y a sus muchos centros para asumir y dar sentido a lo que se percibe. Y esa
información y nuestra respuesta correspondiente las coordinan los lobulos prefrontales, la sede de la
planificación y de la organización de acciones tendentes a un objetivo determinado, incluyendo las acciones
emocionales. En el neocórtex , una serie de circuitos registra y analiza esta información, la comprende y
organiza gracias a los lóbulos prefrontales, y si, a lo largo de ese proceso, se requiere una respuesta
emocional, es el lóbulo prefrontal quien la dicta, trabajando en equipo con la amígdala y otros circuitos del
cerebro emocional.
Este suele ser el proceso normal de elaboración de una respuesta, un proceso que --con la sola
excepción de las urgencias emocionales-- tiene en cuenta el discernimiento. Así pues, cuando una emoción
se dispara, los lóbulos prefrontales ponderan los riesgos y los beneficios de las diversas acciones posibles y
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