Daniel Goleman Inteligencia Emocional
comida él le regaló un cartel español muy difícil de encontrar y por el que había estado suspirando desde hacia
meses. Pero todo pareció desvanecerse cuando ella le sugirió que fueran al cine y él respondió que no podían
pasar el día juntos porque tenía entrenamiento de béisbol. Dolida y recelosa, nuestra amiga rompió entonces a
llorar, salió del café y arrojó el cartel a un cubo de la basura. Meses más tarde, recordando el incidente,
estaba más arrepentida por la pérdida del cartel que por haberse marchado con cajas destempladas.
No hace mucho tiempo que la ciencia ha descubierto el papel esencial desempeñado por la amígdala
cuando los sentimientos impulsivos desbordan la razón. Una de las funciones de la amígdala consiste en
escudriñar las percepciones en busca de alguna clase de amenaza. De este modo, la amígdala se convierte
en un importante vigía de la vida mental, una especie de centinela psicológico que afronta toda situación, toda
percepción, considerando una sola cuestión, la más primitiva de todas: «¿Es algo que odio? ¿Que me pueda
herir? ¿A lo que temo?» En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea afirmativa, la amígdala
reaccionará al momento poniendo en funcionamiento todos sus recursos neurales y cablegrafiando un mensaje
urgente a todas las regiones del cerebro.
En la arquitectura cerebral, la amígdala constituye una especie de servicio de vigilancia dispuesto a
alertar a los bomberos, la policía y los vecinos ante cualquier señal de alarma. En el caso de que, por ejemplo,
suene la alarma de miedo, la amígdala envía mensajes urgentes a cada uno de los centros fundamentales del
cerebro, disparando la secreción de las hormonas corporales que predisponen a la lucha o a la huida,
activando los centros del movimiento y estimulando el sistema cardiovascular, los músculos y las vísceras: La
amígdala también es la encargada de activar la secreción de dosis masivas de noradrenalina, la hormona que
aumenta la reactividad de ciertas regiones cerebrales clave. entre las que destacan aquéllas que estimulan los
sentidos y ponen el cerebro en estado de alerta. Otras señales adicionales procedentes de la amígdala
también se encargan de que el tallo encefálico inmovilice el rostro en una expresión de miedo, paralizando al
mismo tiempo aquellos músculos que no tengan que ver con la situación, aumentando la frecuencia cardiaca y
la tensión sanguínea y enlenteciendo la respiración. Otras señales de la amígdala dirigen la atención hacia la
fuente del miedo y predisponen a los músculos para reaccionar en consecuencia. Simultáneamente los
sistemas de la memoria cortical se imponen sobre cualquier otra faceta de pensamiento en un intento de
recuperar todo conocimiento que resulte relevante para la emergencia presente.
Estos son algunos de los cambios cuidadosamente coordinados y orquestados por la amígdala en su
función rectora del cerebro (véase el apéndice C para tener una visión más detallada a este respecto). De este
modo, la extensa red de conexiones neuronales de la amígdala permite, durante una crisis emocional,
reclutar y dirigir una gran parte del cerebro, incluida la mente racional.
EL CENTINELA EMOCIONAL
Un amigo me contó que, hace unos años, se hallaba de vacaciones en Inglaterra almorzando en la
terraza de un café ubicado junto a un canal. Luego dio un paseo por la orilla del canal cuando de pronto, vio a
una niña que miraba aterrada el agua. Antes de poder formarse una idea clara y darse cuenta de lo que
pasaba, ya había saltado al canal, sin quitarse la chaqueta ni los zapatos. Sólo una vez en el agua comprendió
que la chica miraba a un niño que estaba ahogándose y a quien finalmente pudo terminar rescatando.
¿Qué fue lo que le hizo saltar al agua antes incluso de darse cuenta del motivo de su reacción? La
respuesta, en mi opinión, hay que buscarla en la amígdala .
En uno de los descubrimientos más interesantes realizados en la última década sobre la emoción,
LeDoux descubrió el papel privilegiado que desempeña la amígdala en la dinámica cerebral como una especie
de centinela emocional capaz de secuestrar al cerebro. Esta investigación ha demostrado que la primera
estación cerebral por la que pasan las señales sensoriales procedentes de los ojos o de los oídos es el tálamo
y, a partir de ahí y a través de una sola sinapsis, la amígdala. Otra vía procedente del tálamo lleva la señal
hasta el neocórtex, el cerebro pensante. Esa ramificación permite que la amígdala comience a responder
ant es de que el neocórtex haya ponderado la información a través de diferentes niveles de circuitos cerebrales,
se aperciba plenamente de lo que ocurre y finalmente emita una respuesta más adaptada a la situación.
La investigación realizada por LeDoux constituye una auténtica revolución en nuestra comprensión de la
vida emocional que revela por vez primera la existencia de vías nerviosas para los sentimientos que eluden el
neocórtex. Este circuito explicaría el gran poder de las emociones para desbordar a la r zón porque los
a
sentimientos que siguen este camino directo a la amígdala son los más intensos y primitivos.
Hasta hace poco, la visión convencional de la neurociencia ha sido que el ojo, el oído y otros órganos
sensoriales transmiten señales al tálamo y. desde ahí, a las regiones del neocórtex encargadas de procesar
las impresiones sensoriales y organizarlas tal y como las percibimos. En el neocórtex, las señales se
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