Daniel Goleman Inteligencia Emocional

ingerir y qué expulsar de la boca seguían todavía determinadas por el olor y las conexiones existentes entre el
bulbo olfatorio y el sistema límbico, pero ahora se enfrentaban a la tarea de diferenciar y reconocer los olores,
comparar el olor presente con los olores pasados y discriminar lo bueno de lo malo, una tarea llevada a cabo
por el «rinencéfalo» --que literalmente significa «el cerebro nasal»-- una parte del circuito limbico que
constituye la base rudimentaria del neocórtex, el cerebro pensante.
Hace unos cien millones de años, el cerebro de los mamíferos experimentó una transformación radical
que supuso otro extraordinario paso adelante en el desarrollo del intelecto, y sobre el delgado córtex de dos
estratos se asent aron los nuevos estratos de células cerebrales que terminaron configurando el neocórtex (la
región que planifica, comprende lo que se siente y coordina los movimientos).
El neocórtex del Homo sapiens, mucho mayor que el de cualquier otra especie, ha traído consigo todo
lo que es característicamente humano. El neocórtex es el asiento del pensamiento y de los centros que
integran y procesan los datos registrados por los sentidos. Y también agregó al sentimiento nuestra reflexión
sobre él y nos permitió tener sentimientos sobre las ideas, el arte, los símbolos y las imágenes.
A lo largo de la evolución, el neocórtex permitió un ajuste fino que sin duda habría de suponer una
enorme ventaja en la capacidad del individuo para superar las adversidades, haciendo más probable la
transmisión a la descendencia de los genes que contenían la misma configuración neuronal. La supervivencia
de nuestra especie debe mucho al talento del neocórtex para la estrategia, la planificación a largo plazo y
otras estrategias mentales, y de él proceden también sus frutos más maduros: el arte, la civilización y la
cultura.
Este nuevo estrato cerebral permitió comenzar a matizar la vida emocional. Tomemos, por ejemplo, el
amor. Las estructuras límbicas generan sentimientos de placer y de d eseo sexual (las emociones que
alimentan la pasión sexual) pero la aparición del neocórtex y de sus conexiones con el sistema limbico
permitió el establecimiento del vinculo entre la madre y el hijo, fundamento de la unidad familiar y del
compromiso a largo plazo de criar a los hijos que posibilita el desarrollo del ser humano. En las especies
carentes de neocórtex --como los reptiles, por ejemplo-- el afecto materno no existe y los recién nacidos
deben ocultarse para evitar ser devorados por la madre. En el ser humano, en cambio, los vínculos protectores
entre padres e hijos permiten disponer de un proceso de maduración que perdura toda la infancia, un proceso
durante el cual el cerebro sigue desarrollándose.
A medida que ascendemos en la escala filogenética que conduce de los reptiles al mono rhesus y,
desde ahí, hasta el ser humano, aumenta la masa neta del neocórtex, un incremento que supone también una
progresión geométrica en el número de interconexiones neuronales. Y además hay que tener en cuenta que,
cuanto mayor es el número de tales conexiones, mayor es también la variedad de respuestas posibles. El
neocórtex permite, pues, un aumento de la sutileza y la complejidad de la vida emocional como, por ejemplo,
tener sentimientos sobre nuestros sentimientos. El número de interconexiones existentes entre el sistema
límbico y el neocórtex es superior en el caso de los primates al del resto de las especies, e infinitamente
superior todavía en el caso de los seres humanos; un dato que explica el motivo por el cual somos capaces de
desplegar un abanico mucho más amplio de reacciones --y de matices -- ante nuestras emociones. Mientras
que el conejo o el mono rhesus sólo dispone de un conjunto muy restringido de respuestas posibles ante el
miedo, el neocórtex del ser humano, por su parte, permite un abanico de respuestas mucho más maleable, en
el que cabe incluso llamar al 091. Cuanto más complejo es el sistema social, más fundamental resulta esta
flexibilidad; y no hay mundo social más complejo que el del ser humano.' Pero el hecho es que estos centros
superiores no gobiernan la totalidad de la vida emocional porque, en los asuntos decisivos del corazón --y,
más especialmente, en las situaciones emocionalmente críticas--, bien podríamos decir que delegan su
cometido en el sistema limbico. Las ramificaciones nerviosas que extendieron el alcance de la zona limbica
son tantas, que el cerebro emocional sigue desempeñando un papel fundamental en la arquitectura de nuestro
sistema nervioso. La región emocional es el sustrato en el que creció y se desarrolló nuestro nuevo cerebro
pensante y sigue estando estrechamente vinculada con él por miles de circuitos neuronales. Esto es
precisamente lo que confiere a los centros de la emoción un poder extraordinario para influir en el
funcionamiento global del cerebro (incluyendo, por cierto, a los centros del pensamiento).




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