Daniel Goleman Inteligencia Emocional

Erasmo, el humanista del siglo XVI, describió irónicamente del siguiente modo esta tensión perenne
entre la razón y la emoción:
«Júpiter confiere mucha más pasión que razón, en una proporción aproximada de veinticuatro a uno. El
ha erigido dos irritables tiranos para oponerse al poder solitario de la razón: la ira y la lujuria. La vida ordinaria
del hombre evidencia claramente la impotencia de la razón para oponerse a las fuerzas combinadas de estos
dos tiranos. Ante ella, la razón hace lo único que puede, repetir fórmulas virtuosas, mientras que las otras dos
se desgañitan, de un modo cada vez más ruidoso y agresivo, exhortando a la razón a seguirlas hasta que
finalmente ésta, agotada, se rinde y se entrega.»



EL DESARROLLO DEL CEREBRO

Para comprender mejor el gran poder de las emociones sobre la mente pensante --y la causa del
frecuente conflicto existente entre los sentimientos y la razón-- consideraremos ahora la orma en que ha
f
evolucionado el cerebro. El cerebro del ser humano, ese kilo y pico de células y jugos neurales, tiene un
tamaño unas tres veces superior al de nuestros primos evolutivos, los primates no humanos. A lo largo de
millones de años de evolución, el cerebro ha ido creciendo desde abajo hacia arriba, por así decirlo, y los
centros superiores constituyen derivaciones de los centros inferiores más antiguos (un desarrollo evolutivo que
se repite, por cierto, en el cerebro de cada embrión humano).
La región más primitiva del cerebro, una región que compartimos con todas aquellas especies que sólo
disponen de un rudimentario sistema nervioso, es el tallo encefálico, que se halla en la parte superior de la
médula espinal. Este cerebro rudimentario regula las funciones vitales básicas, como la respiración, el
metabolismo de los otros órganos corporales y las reacciones y movimientos automáticos. Mal podríamos
decir que este cerebro primitivo piense o aprenda porque se trata simplemente de un conjunto de reguladores
programados para mantener el funcionamiento del cuerpo y asegurar la supervivencia del individuo. Éste es el
cerebro propio de la Edad de los Reptiles, una época en la que el siseo de una serpiente era la señal que
advertía la inminencia de un ataque.
De este cerebro primitivo --el tallo encefálico-- emergieron los centros emocionales que, millones de
años más tarde, dieron lugar al cerebro pensante --o «neocórtex»-- ese gran bulbo de tejidos replegados
sobre sí que configuran el estrato superior del sistema nervioso. El hecho de que el cerebro emocional sea
muy anterior al racional y que éste sea una derivación de aquél, revela con claridad las auténticas relaciones
existentes entre el pensamiento y el sentimiento.
La raíz más primitiva de nuestra vida emocional radica en el sentido del olfato o, más precisamente, en
el lóbulo olfatorio, ese conglomerado celular que se ocupa de registrar y analizar los olores. En aquellos
tiempos remotos el olfato fue un órgano sensorial clave para la supervivencia, porque cada entidad viva, ya sea
alimento, veneno, pareja sexual, predador o presa, posee una identificación molecular característica que puede
ser transportada por el viento.
A partir del lóbulo olfatorio comenzaron a desarrollarse los centros más antiguos de la vida emocional,
que luego fueron evolucionando hasta terminar recubriendo por completo la parte superior del tallo encefálico.
En esos estadios rudimentarios, el centro olfatorio estaba compuesto de unos pocos estratos neuronales
especializados en analizar los olores. Un estrato celular se encargaba de registrar el olor y de clasificarlo en
unas pocas categorías relevantes (comestible, tóxico, sexualmente disponible, enemigo o alimento) y un
segundo estrato enviaba respuestas reflejas a través del sistema nervioso ordenando al cuerpo las acciones
que debía llevar a cabo (comer, vomitar, aproximarse, escapar o cazar).
Con la aparición de los primeros mamíferos emergieron también nuevos estratos fundamentales en el
cerebro emocional. Estos estratos rodearon al tallo encefálico a modo de una rosquilla en cuyo hueco se aloja
el tallo encefálico. A esta parte del cerebro que envuelve y rodea al tallo encefálico se le denominó sistema
«límbico», un término derivado del latín limbus, que significa «anillo». Este nuevo territorio neural agregó las
emociones propiamente dichas al repertorio de respuestas del cerebro."
Cuando estamos atrapados por el deseo o la rabia, cuando el amor nos enloquece o el miedo nos hace
retroceder, nos hallamos, en realidad, bajo la influencia del sistema límbico.
La evolución del sistema límbico puso a punto dos poderosas herramientas: el aprendizaje y la
memoria, dos avances realmente revolucionarios que permitieron ir más allá de las reacciones automáticas
predeterminadas y afinar las respuestas para adaptarlas a las cambiantes exigencias del medio, favoreciendo
así una toma de decisiones mucho más inteligente para la supervivencia. Por ejemplo, si un determinado
alimento conducía a la enfermedad, la próxima vez seria posible evitarlo. Decisiones como la de saber qué

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