Daniel Goleman Inteligencia Emocional

universalmente tristeza y aflicción, pero la forma en que expresamos esa aflicción -el tipo de emociones que
expresamos o que guardamos en la intimidad-- es moldeada por nuestra cultura, como también lo es, por
ejemplo, el tipo concreto de personas que entran en la categoría de «seres queridos» y que, por tanto, deben
ser llorados.
El largo período evolutivo durante el cual fueron moldeándose estas respuestas fue, sin duda, el más
crudo que ha experimentado la especie humana desde la aurora de la historia. Fue un tiempo en el que muy
pocos niños lograban sobrevivir a la infancia, un tiempo en el que menos adultos todavía llegaban a cumplir los
treinta años, un tiempo en el que los depredadores podían atacar en cualquier momento, un tiempo, en suma,
en el que la supervivencia o la muerte por inanición dependían del umbral impuesto por la alternancia entre
sequías e inundaciones. Con la invención de la agricultura, no obstante, las probabilidades de supervivencia
aumentaron radicalmente aun en las sociedades humanas más rudimentarias. En los últimos diez mil años,
estos avances se han consolidado y difundido por todo el mundo al mismo tiempo que las brutales presiones
que pesaban sobre la especie humana han disminuido considerablemente.
Estas mismas presiones son las que terminaron convirtiendo a nuestras respuestas emocionales en un
eficaz instrumento de supervivencia pero, en la medida en que han ido desapareciendo, nuestro repertorio
emocional ha ido quedando obsoleto. Si bien, en un pasado remoto, un ataque de rabia podía suponer la
diferencia entre la vida y la muerte, la facilidad con la que, hoy en día, un niño de trece años puede acceder a
una amplia gama de armas de fuego ha terminado convirtiendo a la rabia en una reacción frecuentemente
desastrosa.

Nuestras dos mentes

Una amiga estuvo hablándome de su divorcio, un doloroso proceso de separación. Su marido se había
enamorado de una compañera de trabajo y un buen día le anunció que quería irse a vivir con ella. A aquel
momento siguieron meses de amargos altercados con respecto al hogar conyugal, el dinero y la custodia de
los hijos. Ahora, pocos meses más tarde, me hablaba de su aut onomía y de su felicidad. «Ya no pienso en él
--decía, con los ojos humedecidos por las lágrimas-- eso es algo que ha dejado de preocuparme.» El instante
en que sus ojos se humedecieron podía perfectamente haber pasado inadvertido para mí, pero la comprensión
empática (un acto de la mente emocional) de sus ojos húmedos me permitió, más allá de las palabras (un
acto de la mente racional), percatarme claramente de su evidente tristeza como si estuviera leyendo un libro
abierto.
En un sentido muy real, todos nosotros tenemos dos mentes, una mente que piensa y otra mente que
siente, y estas dos formas fundamentales de conocimiento interactúan para construir nuestra vida mental. Una
de ellas es la mente racional, la modalidad de comprensión de la que solemos ser conscientes, más
despierta, más pensativa, más capaz de ponderar y de reflexionar. El otro tipo de conocimiento, más impulsivo
y más poderoso --aunque a veces ilógico--, es la mente emocional (véase el apéndice B para una descripción
más detallada de los rasgos característicos de la mente emocional).
La dicotomía entre lo emocional y lo racional se asemeja a la distinción popular existente entre el
«corazón» y la «cabeza». Saber que algo es cierto «en nuestro corazón» pertenece a un orden de convicción
distinto --de algún modo, un tipo de certeza más profundo-- que pensarlo con la mente racional. Existe una
proporcionalidad constante entre el control emocional y el control racional sobre la mente ya que, cuanto más
intenso es el sentimiento, más dominante llega a ser la mente emocional.., y más ineficaz, en consecuencia,
la mente racional. Ésta es una configuración que parece derivarse de la ventaja evolutiva que supuso disponer,
durante incontables ocasiones, de emociones e intuiciones que guiaran nuestras respuestas inmediatas frente
a aquellas situaciones que ponían en peligro nuestra vida, situaciones en las que detenernos a pensar en la
reacción más adecuada podía tener consecuencias francamente desastrosas.
La mayor parte del tiempo, estas dos mentes --la mente emocional y la mente racional-- operan en
estrecha colaboración, entrelazando sus distintas formas de conocimiento para guiarnos adecuadamente a
través del mundo. Habitualmente existe un equilibrio entre la mente emocional y la mente racional, un equilibrio
en el que la emoción alimenta y da forma a las operaciones de la mente racional y la mente racional ajusta y a
veces censura las entradas procedentes de las emociones. En todo caso, sin embargo, la mente emocional y
la mente racional constituyen, como veremos, dos facultades relativamente independientes que reflejan el
funcionamiento de circuitos cerebrales distintos aunque interrelacionados. En muchísimas ocasiones, pues,
estas dos mentes están exquisitamente coordinadas porque los sentimientos son esenciales para el
pensamiento y lo mismo ocurre a la inversa.
Pero, cuando aparecen las pasiones, el equilibrio se rompe y la mente emocional desborda y secuestra
a la mente racional.


12

12