Daniel Goleman Inteligencia Emocional

CUANDO LA PASION DESBORDA A LA RAZON

Fue una terrible tragedia. Matilda Crabtree, una niña de catorce años, quería gastar una broma a sus
padres y se ocultó dentro de un armario para asustarles cuando éstos, después de visitar a unos amigos,
volvieran a casa pasada la medianoche.
Pero Bobby Crabtree y su esposa creían que Matilda iba a pasar la noche en casa de una amiga. Por
ello cuando, al regresar a su hogar, oyeron ruidos. Crabtree no dudó en coger su pistola, dirigirse al dormitorio
de Matilda para averiguar lo que ocurría y dispararle a bocajarro en el cuello apenas ésta salió gritando por
sorpresa del interior del armario. Doce horas más tarde, Matilda Crabtree fallecía. El miedo que nos lleva a
proteger del peligro a nuestra familia constituye uno de los legados emocionales con que nos ha dotado la
evolución. El miedo fue precisamente el que empujó a Bobby Crabtree a coger su pistola y buscar al intruso
que creía que merodeaba por su casa. Pero aquel mismo miedo fue también el que le llevó a disparar antes de
que pudiera percatarse de cuál era el blanco, antes incluso de que pudiera reconocer la voz de su propia hija.
Según afirman los biólogos evolucionistas, este tipo de reacciones automáticas ha terminado inscribiéndose
en nuestro sistema nervioso porque sirvió para garantizar la vida durante un periodo largo y decisivo de la
prehistoria humana y, más importante todavía, porque cumplió con la principal tarea de la evolución, perpetuar
las mismas predisposiciones genéticas en la progenie. Sin embargo, a la vista de la tragedia ocurrida en el
hogar de los Crabtree, todo esto no deja de ser una triste ironía.
Pero, si bien las emociones han sido sabias referencias a lo largo del proceso evolutivo, las nuevas
realidades que nos presenta la civilización moderna surgen a una velocidad tal que deja atrás al lento paso de
la evolución. Las primeras leyes y códigos éticos -el código de Hammurabi, los diez mandamientos del
Antiguo Testamento o los edictos del emperador Ashoka-- deben considerarse como intentos de refrenar,
someter y domesticar la vida emocional puesto que, como ya explicaba Freud en El malestar de la cultura, la
sociedad se ha visto obligada a imponer normas externas destinadas a contener la desbordante marea de los
excesos emocionales que brotan del interior del individuo.
No obstante, a pesar de todas las limitaciones impuestas por la sociedad, la razón se ve desbordada de
tanto en tanto por la pasión, un imponderable de la naturaleza humana cuyo origen se asienta en la
arquitectura misma de nuestra vida mental. El diseño biológico de los circuitos nerviosos emocionales básicos
con el que nacemos no lleva cinco ni cincuenta, sino cincuenta mil generaciones demostrando su eficacia. Las
lentas y deliberadas fuerzas evolutivas que han ido modelando nuestra vida emocional han tardado cerca de un
millón de años en llevar a cabo su cometido, y de éstos, los últimos diez mil --a pesar de haber asistido a una
vertiginosa explosión demográfica que ha elevado la población humana desde cinco hasta cinco mil millones
de personas-- han tenido una escasa repercusión en las pautas biológicas que determinan nuestra vida
emocional.
Para bien o para mal, nuestras valoraciones y nuestras reacciones ante cualquier encuentro
interpersonal no son el fruto exclusivo de un juicio exclusivamente racional o de nuestra historia personal, sino
que también parecen arraigarse en nuestro remoto pasado ancestral. Y ello implica necesariamente la
presencia de ciertas tendencias que, en algunas ocasiones --como ocurrió, por ejemplo, en el lamentable
incidente acaecido en el hogar de los Crabtree--, pueden resultar ciertamente trágicas. Con demasiada
frecuencia, en suma, nos vemos obligados a afrontar los retos que nos presenta el mundo postmoderno con
recursos emocionales adaptados a las necesidades del pleistoceno. Éste, precisamente, es el tema
fundamental sobre el que versa nuestro libro.

I mpulsos para la acción

Un día de comienzos de primavera, yo me hallaba atravesando un puerto de montaña de una carretera
de Colorado cuando, de pronto, mi vehículo se vio atrapado en una ventisca. La cegadora blancura del remolino
de nieve era tal que, por más que entornara la mirada, no podía ver absolutamente nada. Disminuí entonces la
velocidad mientras la ansiedad se apoderaba de mi cuerpo y podía escuchar con claridad los latidos de mi
corazón.
Pero la ansiedad terminó convirtiéndose en miedo y entonces detuve mi coche a un lado de la calzada
dispuesto a esperar a que amainase la tormenta. Media hora más tarde dejó de nevar, la visibilidad volvió y
pude proseguir mi viaje. Unos pocos centenares de metros más abajo, sin embargo, me vi obligado a
detenerme de nuevo porque dos vehículos que habían colisionado bloqueaban la carretera mientras el equipo
de una ambulancia auxiliaba a uno de los pasajeros. De haber seguido adelante en medio de la tormenta, es
muy probable que yo también hubiera chocado con ellos.


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