"Pero callate", prosiguió con indignación, como un sabio que es
interrumpido o distraído con trivialidades en el momento en que está a punto de
hallar la ansiada fórmula final. Y volviendo a chupar ávidamente el cigarrillo,
como era habitual en ella cuando se concentraba, y frunciendo fuertemente el
ceño, agregó:
"Pero, sabes: como rompiendo de pronto con ese proyecto de asceta español
te revientan unos labios sensuales. Y además tenés esos ojos húmedos. Callate,
ya sé que no te gusta nada todo esto que te digo pero déjame terminar. Creo que
las mujeres te deben encontrar atractivo, a pesar de lo que vos te supones. Sí,
también tu expresión. Una mezcla de pureza, de melancolía y de sensualidad
reprimida. Pero además... un momento... Una ansiedad en tus ojos, debajo de
esa frente que parece un balcón saledizo. Pero no sé si es todo eso lo que me
gusta en vos. Creo que es otra cosa...
Que tu espíritu domina sobre tu carne, como si estuvieras siempre en posición
de firme. Bueno, gustar acaso no sea la palabra, quizá me sorprende, o me
admira o me irrita, no sé... Tu espíritu reinando sobre tu cuerpo como un
dictador austero.
"Como si Pío XII tuviera que vigilar un prostíbulo. Vamos, no te enojes, si
ya sé que sos un ser angelical. Además, como te digo, no sé si eso me gusta en
vos o es lo que más odio."
Hizo un gran esfuerzo por mantener la mirada sobre la estatua. Dijo que en
aquel momento sintió miedo y fascinación; miedo de darse vuelta y un
fascinante deseo de hacerlo. Recordó que una vez, en la quebrada de
Humahuaca, al borde de la Garganta del Diablo, mientras contemplaba a sus
pies el abismo negro, una fuerza irresistible lo empujó de pronto a saltar hacia el
otro lado. Y en ese momento le pasaba algo parecido: como si se sintiese
impulsado a saltar a través de un oscuro abismo "hacia el otro lado de su
existencia". Y entonces, aquella fuerza inconsciente pero irresistible le obligó a
volver su cabeza.
Apenas la divisó, apartó con rapidez su mirada, volviendo a colocarla sobre
la estatua. Tenía pavor por los seres humanos: le parecían imprevisibles, pero
sobre todo perversos y sucios. Las estatuas, en cambio, le proporcionaban una
tranquila felicidad, pertenecían a un mundo ordenado, bello y limpio.
Pero le era imposible ver la estatua: seguía manteniendo la imagen fugaz de
la desconocida, la mancha azul de su pollera, el negro de su pelo lacio y largo,
la palidez de su cara, su rostro clavado sobre él. Apenas eran manchas, como en
un rápido boceto de pintor, sin ningún detalle que indicase una edad precisa ni
un tipo determinado. Pero sabía --recalcó la palabra-- que algo muy importante
acababa de suceder en su vida: no tanto por lo que había visto, sino por el
poderoso mensaje que recibió en silencio.
--Usted, Bruno, me lo ha dicho muchas veces. Que no siempre suceden
cosas, que casi nunca suceden cosas. Un hombre cruza el estrecho de los
Dardanelos, un señor asume la presidencia en Austria, la peste diezma una
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