pa todo el partido. Y mirando los muchachos que se habían ido reuniendo,
pero dirigiéndose simbólicamente hacia Martín (mientras Martín empezaba
a ver, como en un sueño confuso y poético, a Alejandra durmiéndose ante
sus ojos) blandiendo el diario nuevamente arrollado, agregó: Vo leé el diario
y te entera de un negociado. Y capá que seguí pensando a la luna o leyendo
eso libro y como Poroto y El Rengo dijeron ma qué está diciendo
D'Arcángelo con sorna comentó y lo del Tucolesco este también e una joda
y los otros respondieron bah, también lo diario a lo que Tito replicó
volviendo a poner su índice vertical, moviéndolo hacia la mesita y
repitiendo su conocido aforismo. Aquí todo es cuestión de coima. Y te
alvierto que yo no estoy hablando de Perón. Porque cuando yo era así de
chiquito, y puso la mano abierta, a la altura de la pantorrilla, ¿quiénes
manejaban l'estofao? Lo conserva: coima y robo. Cuando yo era así y subió
la mano de nivel radicale: coima y robo. Después el Justo ese: coima y
robo. ¿Recuerdan el negocio de la Corporación? Después, ese chicato
Ortiz: coima y robo. Después la revolución del 45. Siempre eso milico dicen
que vienen a limpiar, pero a la final coima y robo. Y entonces, ajustándose
la corbata, miró con ojos coléricos hacia la calle Pinzón y volviéndose
después de un breve instante de (rabiosa) meditación filosófica, agregó: Vo
estudia, hacéte un Edison, inventa el telégrafo o cura cristiano, ándate en el
África como ese viejo alemán de bigote grande, sacrifícate por la
humanidá; sudá la gota gorda y va a ver cómo te crucifican y cómo lo otro
se enllenan de guita. ¿No sabé, acaso, que lo prócere siempre terminan
pobre y olvidado? A mí, ni con la piola y volviendo su mirada furiosa hacia
la calle Pinzón, ajustó su corbata raída y estiró las mangas deshilachadas de
su saco mientras los muchachones se reían de Tito o decían bah también vo
con esa lata y Martín, en su sopor, volvía a ver a Alejandra encogida y
durmiendo ante sus ojos, respirando ansiosamente por su boca entreabierta,
su gran boca desdeñosa y sensual. Y veía su pelo largo y lacio, renegrido,
con reflejos rojizos, desparramado sobre la almohada, destacando su rostro
anguloso, esos rasgos que tenían la misma aspereza que su espíritu
atormentado. Y su cuerpo, su largo cuerpo, abandonado, sus pechos que se
marcaban debajo de su blusa blanca, y aquellas hermosas y largas piernas
encogidas que lo tocaban. Sí, estaba ahí, al alcance de su mano y de su boca,
en cierto modo estaba sin defensas ¡pero qué lejana, qué inaccesible!
"Nunca", se dijo a sí mismo con amargura y casi en alta voz, mientras el
Poroto gritaba hace bien Perón y todo eso oligarca habría que colgarlo todo
junto a Plaza Mayo "nunca" y sin embargo lo había elegido a él, pero ¿para qué,
Dios mío, para qué? Porque jamás conocería, estaba bien seguro, sus secretos
más profundos, y una vez más acudieron a su mente las palabras ciego y
Fernando en el momento en que uno de los muchachos ponía una moneda en el
Wurlitzer y empezaron a cantar Los Plateros. Entonces D'Arcángelo estalló y
asiéndolo de un brazo a Martín, le dijo:
79
|
|