embargo, se levantó de la silla donde parecía haber quedado clavado y
sigilosamente empezó a alejarse del viejo, entre los trastos de remate,
observando, vigilado por los antepasados de las paredes, mirando la caja en la
vitrina. Llegó así hasta la puerta y quedó frente a ella, sin atreverse a abrirla. Se
acercó y puso su oído contra la hendidura: tenía la impresión de que el loco
estaba del otro lado, esperando su salida con el clarinete en la mano. Hasta creyó
oír su respiración. Entonces, asustado, volvió lentamente hacia su silla y se
sentó.
--Nada más que treinta y cinco leguas --murmuró de pronto el viejo.
Sí, quedan treinta y cinco leguas. Tres días de marcha a galope tendido por la
quebrada, con el cadáver hinchado y hediendo a varias cuadras a la redonda,
destilando los horribles líquidos de la podredumbre. Siempre adelante, con
unos tiradores a la retaguardia. Desde Jujuy hasta Huacalera, veinticuatro
leguas. Nada más que treinta y cinco leguas más, dicen para animarse. Nada
más que cuatro, acaso cinco días más de galope, si tienen suerte.
En la noche silenciosa se pueden oír los cascos de la caballada fantasma.
Siempre hacia el norte.
--Porque en la quebrada el sol es muy fuerte, hijo, porque son tierras muy
altas y el aire es purísimo. Así que a los dos días de marcha el cuerpo estaba
hinchado y el olor se sentía a varias cuadras, decía mi padre, y al tercer día hubo
que descarnarlo, eso es.
El coronel Pedernera ordena hacer alto y habla con sus compañeros: el cuerpo
se está deshaciendo, el olor es espantoso. Se lo descarnará y se conservarán los
huesos. Y también el corazón, dice alguien. Pero sobre todo la cabeza: nunca
Oribe tendrá la cabeza, nunca podrá deshonrar al general.
¿Quién quiere hacerlo? ¿Quién puede hacerlo?
El coronel Alejandro Danel lo hará.
Entonces descienden el cuerpo del general, que hiede. Lo colocan al lado
del arroyo Huacalera, mientras el coronel Danel se arrodilla a su lado y saca
el cuchillo de monte. A través de sus lágrimas contempla el cuerpo desnudo y
deforme de su jefe. También lo miran duros y pensativos, también a través de
sus lágrimas, los rotosos hombres que forman un círculo.
Luego, lentamente, hinca el cuchillo en la carne podrida.
Cabeceó y dijo:
--Durante el gobierno de don Bernardino lo nombraron capitán de milicias
en la Guardia de la Horqueta, que así se llama el fortín, que ahora es el pueblo
de Capitán Olmos. Después fue alcalde, hasta que subieron los federales. ¿De
qué te estaba hablando?
--De cuando dejó el cargo de alcalde, señor (¿quién?).
--Eso es, el cargo de alcalde. Lo dejó cuando subieron los federales eso es.
69
|
|