--Responde --le dije con energía.
--Perdóname --balbuceó--, lo hice sin querer...
Tal vez alcanzó a vislumbrar el brillo de la hoja, quizá fue solamente el
instinto de conservación, pero se lanzó casi al mismo tiempo sobre mí y con sus
dos manos me sujetó mi brazo derecho, forcejeando para hacerme caer el
cuchillito. Logró por fin arrancármelo y lo arrojó lejos, entre los yuyos. Yo corrí
y llorando de rabia empecé a buscarlo, pero era absurdo intentar encontrarlo
entre aquella maraña, y de noche. Entonces salí corriendo hacia abajo, hacia el
mar: me había acometido la idea de salir mar afuera y dejarme ahogar. Marcos
corrió detrás, acaso sospechando mi propósito, y de pronto sentí que me daba un
golpe detrás de la oreja. Me desmayé. Según supe después, me levantó y me
llevó hasta la casa de las Carrasco, dejándome en la puerta y
tocando el timbre, hasta que vio que se encendían las luces y que venían a abrir,
huyendo en ese momento. A primera vista puede pensarse que esto era una
barbaridad, por el escándalo que se provocaría. Pero ¿qué otra cosa podía hacer
Marcos? Si se hubiera quedado, conmigo desmayada a su lado, a las doce de la
noche, cuando las viejas creían que yo estaba en mi cama durmiendo, ¿te
imaginas la que se hubiera armado? Dentro de todo, hizo lo más apropiado. De
cualquier modo, ya te podrás imaginar el escándalo. Cuando volví en mí,
estaban las dos Carrasco, la mucama y la cocinera, todas encima, con colonia,
con abanicos, qué sé yo. Lloraban y se lamentaban como si estuvieran delante
de una tragedia abominable. Me interrogaban, daban chillidos, se persignaban,
decían Dios mío, daban órdenes, etc.
Fue una catástrofe.
Te imaginarás que me negué a dar explicaciones.
Se vino abuela Elena, consternada y que, en vano, trató de sacarme lo que
había detrás de todo. Tuve una fiebre que me duró casi todo el verano.
Hacia fines de febrero empecé a levantarme.
Me había vuelto casi muda y no hablaba con nadie. Me negué a ir a la
Iglesia, pues me horrorizaba la sola idea de confesar mis pensamientos del
último tiempo.
Cuando volvimos a Buenos Aires, tía Teresa (no sé si te hablé ya de esa
vieja histérica, que se pasaba la vida entre velorios y misas, siempre hablando
de enfermedades y tratamientos), tía Teresa dijo, en cuanto me tuvo enfrente:
--Sos el retrato de tu padre. Vas a ser una perdida. Me alegro que no seas
hija mía.
Salí hecha una furia contra la vieja loca. Pero, cosa extraña, mi furia mayor
no era contra ella sino contra mi padre, como si la frase de mi tía abuela me
hubiese golpeado a mí, como si un bumerang hubiese ido hasta mi padre y
finalmente, de nuevo, a mí.
Le dije a abuela Elena que quería irme al colegio, que no dormiría ni un día
en esta casa. Me prometió hablar con la hermana Teodolina para que me
recibieran de algún modo antes del período de las clases. No sé lo que habrán

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