colchonetas, preparó el despertador, dijo "hay que meterle a las cinco", y luego
se alejó unos pasos para orinar. Martín creyó que era su deber hacerlo cerca de
su amigo.
El cielo era transparente y duro como un diamante negro. A la luz de las
estrellas, la llanura se extendía hacia la inmensidad desconocida. El olor cálido
y acre de la orina se mezclaba a los olores del campo. Bucich dijo:
--Qué grande es nuestro país, pibe...
Y entonces Martín, contemplando la silueta gigantesca del camionero contra
aquel cielo estrellado; mientras
orinaban juntos, sintió que una paz purísima entraba por primera vez en su alma
atormentada.
Oteando el horizonte, mientras se abrochaba, Bucich agregó:
--Bueno, a dormir, pibe. A las cinco le metemos. Mañana atravesaremos el
Colorado.




402

402