me calmaba poco a poco, porque durante bastante tiempo seguía sacudiendo la
cama con mis estremecimientos; eran ataques, verdaderos ataques.
De modo que planear lo que planeaba, esconderme de noche en una casa
solitaria y derruida era un acto de locura. Y ahora pienso que lo planeé para que
mi venganza fuera más atroz. Sentía que era una hermosa venganza y que
resultaba más hermosa y más violenta cuanto más terribles eran los peligros que
debía enfrentar, ¿comprendes? Como si pensara, y quizá lo haya pensado,
"¡vean lo que sufro por culpa de mi padre!" Es curioso, pero desde aquella
noche mi pavor nocturno se transformó, de un solo golpe, en una valentía de
loco. ¿No te parece curioso? ¿Cómo se explicará ese fenómeno? Era una especie
de arrogancia loca, como te digo, frente a cualquier peligro, real o imaginario.
Es cierto que siempre había sido audaz y en las vacaciones que pasaba en el
campo de las Carrasco, unas solteronas amigas de abuela Elena, me había
acostumbrado a experiencias muy duras: corría a campo traviesa y a galope
sobre una yegüita que me habían dado y que yo misma la había bautizado con
un nombre que me gustaba: Desprecio. Y no tenía miedo de las vizcacheras,
aunque varias veces rodé por culpa de las cuevas. Tenía un rifle calibre 22, para
cazar, y un matagatos.
Sabía nadar muy bien y a pesar de todas las recomendaciones y juramentos salía
a nadar mar afuera y tuve que luchar contra la marejada más de una vez (me
olvidaba decirte que el campo de las viejuchas Carrasco daba a la costa, cerca de
Miramar). Y sin embargo, a pesar de todo eso, de noche temblaba de miedo ante
monstruos imaginarios. Bueno, te decía, decidí escaparme y esconderme en la
casa de la calle Isabel la Católica. Esperé la noche para poder treparme por la
verja sin ser advertida (la puerta estaba cerrada con candado). Pero
probablemente alguien me vio, y aunque al comienzo no le haya dado
importancia, pues, como te imaginarás, más de un muchacho por curiosear
habría hecho antes lo que yo estaba haciendo en ese momento, luego, cuando se
corrió la voz por el barrio y cuando la policía intervino, el hombre habrá
recordado y habrá dado el dato. Pero si las cosas fueron así, debe haber sido
muchas horas después de mi escapada, porque la policía recién apareció en el
caserón a las once. Así que tuve todo el tiempo para enfrentar el terror. Apenas
me descolgué de la verja entré hacia el fondo bordeando la casa, por la antigua
entrada cochera en medio de yuyos y tachos viejos, de basura y gatos o perros
muertos y hediondos. Me olvidaba decirte que también había llevado mi
linterna, mi cuchillito de campo, y el matagatos que el abuelo Pancho me regaló
cuando cumplí diez años. Como te decía, bordeé la casa por la entrada cochera y
así llegué a los fondos. Había una galería parecida a la que tenemos acá. Las
ventanas que daban a esa galería o corredor estaban cubiertas por persianas, pero
las persianas estaban podridas y algunas casi caídas o con boquetes. No era
difícil que la casa hubiese sido utilizada por vagos o linyeras para pasar la noche
y hasta alguna temporada. ¿Y quién me aseguraba que esa misma noche no
viniesen algunos a dormir? Con mi linterna fui recorriendo las ventanas y
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