camaradas que aquí miran ahora mis restos. Y sabes también que fueron ellos,
los hombres con cabeza, los que me indujeron a hacerlo, con cartas insidiosas,
cartas que además querían que yo luego destruyese. Fueron ellos. No tú,
Danel, ni tú, Acevedo, ni Lamadrid ni ninguno de los que no tenemos más que
un brazo para empuñar el sable y un corazón para enfrentar la muerte".
(Los huesos ya han sido envueltos en el poncho que alguna vez fue celeste
pero que hoy, como el espíritu de esos hombres, es poco más que un trapo
sucio; un trapo que no se sabe bien qué representa; esos símbolos de los
sentimientos y pasiones de los hombres --celeste, rojo-- que terminan
finalmente por volver al color inmortal de la tierra, ese color que es más y
menos que el color de la suciedad, porque es el color de nuestra vejez y del
destino final de todos los hombres, cualesquiera sean sus ideas. El corazón ya
ha sido puesto en un tachito con aguardiente. Y los hombres aquellos han
guardado en algunos de los harapientos bolsillos un pequeño recuerdo de
aquel cuerpo: un huesito, un mechón de pelos.)
"Y tú. Aparicio Sosa, que nunca intentaste entender nada, porque
simplemente te limitaste a serme fiel, a creer sin razones en lo que yo dijera o
hiciese, tú. que me cuidaste desde que fui un cadete mocoso y arrogante: tú, el
callado sargento Aparicio Sosa, el negro Sosa, el picado de viruelas Sosa, el
que me salvó en Cancha Rayada, el que nada tiene fuera del amor a este pobre
general derrotado, fuera de esta bárbara y desgraciada patria querría que
pensaran en ti.
"Quiero decir..."
(Los fugitivos han colocado ahora el bulto con los huesos en la petaca de
cuero del general, y la petaca sobre el tordillo de pelea. Pero vacilan con el
tachito hasta que Danel lo entrega a Aparicio Sosa, el más desamparado por
la muerte de su jefe.)
"Sí, compañeros, al sargento Sosa. Porque es como decir a esta tierra,
esta tierra bárbara, regada con la sangre de tantos argentinos. Esta quebrada
por la que veinticinco años atrás subió Belgrano con sus soldaditos
improvisados, generalito improvisado, frágil como una niña, con la sola fuerza
de su ánimo y de su terror, teniendo que enfrentar las fuerzas aguerridas de
España por una patria que todavía no sabíamos claramente qué era, que
todavía hoy no sabemos qué es, hasta dónde se extiende, a quién pertenece de
verdad: si a Rosas, si a nosotros, si a todos juntos o a nadie. Sí, sargento Sosa:
sos esta tierra, esta quebrada milenaria, esta soledad americana, esta
desesperación anónima que nos atormenta en medio de este caos, en esta lucha
entre hermanos."
(Pedernera da orden de montar. Ya se oyen peligrosamente cerca los
disparos en la retaguardia, se ha perdido demasiado tiempo. Y dice a sus
compañeros "Si tenemos suerte, en cuatro días alcanzamos la frontera". Eso
es, treinta y cinco leguas que pueden cubrirse en cuatro días de desesperado
galope. "Si Dios nos acompaña", agrega. Y los fugitivos desaparecen en medio

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