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Esa chica pecosa es ella: tiene once años y su pelo es rojizo. Es una chica flaca
y pensativa, pero violenta y duramente pensativa; como si sus pensamientos no
fueran abstractos, sino serpientes enloquecidas y calientes. En alguna oscura
región de su yo aquella chica ha permanecido intacta y ahora ella, la Alejandra
de dieciocho años, silenciosa y atenta, tratando de no ahuyentar la aparición se
retira a un lado y la observa con cautela y curiosidad. Es un juego al que se
entrega muchas veces cuando reflexiona sobre su destino. Pero es un juego
difícil, sembrado de dificultades, tan delicado y propenso a la frustración como
dicen los espiritistas que son las materializaciones: hay que saber esperar, hay
que tener paciencia y saber concentrarse con fuerza, ajeno a pensamientos
laterales o frívolos. La sombra va emergiendo poco a poco y hay que favorecer
su aparición manteniendo un silencio total y una gran delicadeza: cualquier
cosita y ella se replegará, desapareciendo en la región de la que empezaba a
salir. Ahora está allí: ya ha salido y puede verla con sus trenzas coloradas y sus
pecas, observando todo a su alrededor con aquellos ojos recelosos y
concentrados, lista para la palea y el insulto. Alejandra la mira con esa mezcla
de ternura y de resentimiento que se tiene para los hermanos menores, en
quienes descargamos la rabia que guardamos para nuestros propios defectos,
gritándole: "¡No te mordás las uñas, bestia!"
--En la calle Isabel la Católica hay una casa en ruinas. Mejor dicho, había,
porque hace poco la demolieron para construir una fábrica de heladeras. Estaba
desocupada desde muchísimos años atrás, por un pleito o una sucesión. Creo
que era de los Miguens, una quinta que en un tiempo debe de haber sido muy
linda, como ésta. Recuerdo que tenía unas paredes verde claro, verdemar, todas
descascaradas, como si tuvieran lepra. Yo estaba muy excitada y la idea de
fugarme y de esconderme en una casa abandonada me producía una sensación
de poderío, quizá como la que deben de sentir los soldados al lanzarse al ataque,
a pesar del miedo o por una especie de manifestación inversa del miedo. Leí
algo sobre eso en alguna parte, ¿vos no? Te digo esto porque yo sufría grandes
terrores de noche, de modo que ya te podes figurar lo que me podía esperar en
una casa abandonada. Me enloquecía, veía bandidos que entraban a mi pieza
con faroles, o gentes de la Mazorca con cabezas sangrantes en la mano (Justina
nos contaba siempre cuentos de la Mazorca). Caía en pozos de sangre. Ni
siquiera sé si todo aquello lo veía dormida o despierta; pienso que eran
alucinaciones, que los veía despierta, porque los recuerdo como si ahora mismo
los estuviera viviendo. Entonces daba alaridos, hasta que corría abuela Elena y
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