casi eran niños, todavía: cuando la desilusión, la desdicha y el tiempo no
habían cumplido su obra de devastación; cuando en aquellos tiernos contactos
de sus manos, aquellas miradas de sus ojos anunciaba los hijos que luego
vinieron como una flor anuncia los fríos que vendrán: "Dolores , murmura,
con una sonrisa que aparece en su cara muerta como una brasa ya casi
apagada entre las cenizas que apartamos para tener un poco y último
calorcito en una desolada montaña.
Y Damasita Boedo, que lo observa con angustiosa atención, que casi lo
oye murmurar aquel nombre lejano y querido, mira ahora hacia adelante,
sintiendo las lágrimas en sus ojos. Entonces llegan a los aledaños de Jujuy: ya
se ven la cúpula y las torres de la Iglesia. Es la quinta de los Tapiales de
Castañeda. Es ya de noche. Lavalle ordena a Pedernera acampar allí. Él, con
una pequeña escolta, irá a Jujuy. Buscará una casa donde pasar la noche: está
enfermo, se derrumba de cansancio y de fiebre.
Sus compañeros se miran: ¿qué se puede hacer? Todo es una locura, y
tanto da morir en una forma como en otra.

Vagó sin rumbo, estuvo en cafetines del bajo que alguna vez había
recorrido con Alejandra, y a medida que se emborrachaba el mundo fue
perdiendo su forma y su solidez: sentía gritos y risas, luces penetrantes
horadaban su cabeza, mujeres pintarrajeadas lo abrazaban, hasta que grandes
masas de plomo rojo y algodonoso lo aplastaron hacia el suelo y ayudándose
con su muletita improvisada avanzaba en medio de una inmensa llanura
pantanosa, entre inmundicias y cadáveres, entre excrementos y cangrejales que
podían tragarlo y devorarlo, tratando de pisar en firme, abriendo sus ojos
desmesuradamente para poder moverse en aquella penumbra hacia aquel rostro
enigmático, lejos, como a una legua de distancia, a ras del suelo, como una luna
infernal que quisiera alumbrar aquel paisaje repugnante y agusanado, corriendo
hacia allá con su muletita, hacia donde el rostro parecía esperarlo y de donde
sin duda venía aquel llamado, corriendo y tropezando por la llanura, hasta que
de pronto al levantarse lo vio ante sí, casi a su lado, repelente y trágico, como si
de lejos hubiese sido engañado por alguna perversa magia y gritó y se
incorporó violentamente en la cama. ¡Cálmese, niño! --le decía una mujer,
sujetándolo de los brazos--, ¡cálmese ahora!

Pedernera, que duerme sobre su montura, se incorpora nerviosamente: cree
haber oído disparos de tercerolas. Pero acaso son figuraciones suyas. En esa
noche siniestra ha intentado dormir en vano. Visiones de sangre y muerte lo
atormentan.
Se levanta, camina entre sus compañeros dormidos y se llega basta el
centinela. Sí, el centinela ha oído disparos, lejos, hacia la ciudad. Pedernera
despierta a sus camaradas, él tiene una sombría intuición, piensa que deben
ensillar y mantenerse alerta. Así se empieza a ejecutar cuando llegan dos

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