compañero y se acerca al general todos tienen un mismo pensamiento. Lavalle
ordena hacer alto, entonces, y aquellos hombres hablan. ¿Qué hablan, qué
discuten? Y luego, mientras la marcha se reanuda, se propagan las palabras
contradictorias y terribles: lo han emplazado, lo han querido persuadir, le han
anunciado su separación. Y también cuentan que Lavalle dijo: "Si no hubiera
más esperanzas ya no trataría de proseguir la lucha, pero los gobiernos de
Salta y Jujuy nos ayudarán, nos proporcionarán hombres y pertrechos, nos
haremos fuertes en la sierra: Oribe tendrá que distraer buena parte de su fuerza
con nosotros, Lamadrid resistirá en Cuyo".
Y entonces, cuando alguien murmura "Lavalle está ahora completamente
loco" el alférez Celedonio Olmos desenvaina el sable para defender aquella
última parte de la torre y se lanza contra aquel hombre, pero es detenido por
sus amigos, y el otro es acallado y vituperado, porque, sobre todo (dijeron),
sobre todo, es necesario mantenerse unidos y evitar que el general vea u oiga
nada. "Como (pensó Frías) si el general durmiera y hubiese que velar su sueño,
ese sueño de quimeras. Como si el general fuera un niño loco pero puro y
querido y ellos fuesen sus hermanos mayores, su padre y su madre, y velasen su
sueño."
Y Frías y Lacasa y Olmos miran a su jefe, temerosos de que haya
despertado, pero felizmente sigue soñando, cuidado por su sargento Sosa, el
sargento invariable y eterno, inmune a todos los poderes de la tierra y del
hombre, estoico y siempre callado.
Hasta que aquel sueño de las ayudas, de la resistencia, de los pertrechos,
de los caballos y hombres es roto brutalmente en Salta: la gente ha huido, el
pánico reina en sus calles, Oribe está a nueve leguas de la ciudad, y nada es
posible.
"¿Lo ve, ahora, mi general?", le dice Hornos.
Y Ocampo le dice: "Nosotros, los restos de la división correntina, hemos
decidido cruzar el Chaco y ofrecer nuestro brazo al general Paz".
Anochece en la ciudad caótica.
Lavalle ha bajado la cabeza y nada responde.
¿Qué, sigue soñando? Los comandantes Hornos y Ocampo se miran. Pero
por fin Lavalle contesta:
--Nuestro deber es defender a nuestros amigos de estas provincias. Y si
nuestros amigos se retiran hacia Bolivia, debemos ser los últimos en hacerlo;
debemos cubrir sus espaldas. Debemos ser los últimos en dejar el territorio de
la patria.
Los comandantes Piornos y Ocampo vuelven a mirarse y un solo y mismo
pensamiento tienen: "Está loco". ¿Con qué fuerzas podría cubrir esa retirada,
cómo? Lavalle, con los ojos fijos en el horizonte, repite sin oír nada:
--Los últimos.
Los comandantes Hornos y Ocampo piensan: "Lo mueven el orgullo, su
maldito orgullo y acaso el resentimiento hacia Paz'. Dicen:

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