único medio de lucha contra la sociedad burguesa. No obstante lo cual terminó
apartándose asqueado de ellos, cuando por fin advirtió que el dinero de sus
asaltos no iba a engrosar el fondo de ningún sindicato ni a ayudar las familias o
huérfanos de camaradas presos o deportados. Pues precisamente su alejamiento
se produjo cuando supo que Gatti no había recibido los fondos que Fernando se
había comprometido a darle para la fuga del penal de Montevideo, y la fuga, que
ya no podía postergarse, fue organizada con dinero urgentemente obtenido por
otro lado. Carlos estimaba mucho a Gatti (yo mismo lo verifiqué) y aquel suceso
fue para él definitivamente revelador. Quizá usted recuerde la famosa fuga del
penal de Montevideo, en que catorce condenados escaparon por un túnel de más
de treinta metros excavado bajo la dirección de Gatti, a quien se lo conocía por
"el ingeniero", desde una presunta carbonería establecida frente a la cárcel. Gatti
trabajaba científicamente, utilizaba brújula, mapas, una pequeña excavadora
eléctrica y una vagoneta arrastrada sobre rieles mediante cuerdas que evitaban el
ruido; la tierra se acumulaba en bolsas aparentemente de carbón, que luego eran
retiradas en camiones. Estas complicadas y largas operaciones demandaban
muchísimo dinero, que en su mayor parte salía de los asaltos. Pero, como usted
comprenderá, y como Fernando solía decir con sorna, todo resultaba a la postre
una especie de autofagia: se asaltaba para sacar de la cárcel a anarquistas presos
por asaltos anteriores.
Los anarquistas tenían dos grandes recursos para la obtención de fondos: el
asalto y la falsificación. Y ambos justificados filosóficamente, pues ya que
según algunos de sus teóricos la propiedad es un robo, mediante el asalto se
restituía a la comunidad algo que un individuo había indebidamente hecho
suyo; y con la emisión de papel moneda falsificado no sólo se trataba de
obtener dinero para las evasiones y para las huelgas sino que, en alguna
forma, sobre todo cuando se intentaba en gran escala, se trataba de arruinar
al fisco y desmoronar la nación. Siguiendo el ejemplo histórico de Inglaterra
cuando con sus famosos asignados falsos que enviaba en barcos de
pescadores intentó sabotear al gobierno de la revolución en Francia, los
anarquistas en muchas ocasiones realizaron falsificaciones en gran escala.
Era una tarea subterránea que los subyugaba y que por otra parte no les
resultaba difícil, dada la inclinación de muchos militantes a las artes
gráficas. Di Giovanni organizó un gran taller de grabación donde se
imprimieron billetes de diez pesos; y en aquel taller trabajó un tipógrafo
español llamado Celestino Iglesias, hombre puro y generoso, que Fernando
conoció entonces y que en los últimos años que precedieron a su muerte,
volvió a buscar para una falsificación, antes del accidente que le costó la
vista.
Pero volvamos a nuestro reencuentro.
Fue en enero de 1930. Habíamos ido con Max a ver Alta traición, y, cuando
llegamos al bar, todavía discutiendo sobre Emil Jannings y sobre las ventajas y
desventajas del cine parlante (Max, como René Clair y como Chaplin, se

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