que el país empezó a sufrir desde fines de siglo. Y, del mismo modo que ciertas
personas culpables cobran odio a los inocentes, así los pobres Olmos, candorosa
y hasta cómicamente aislados en la antigua quinta de Barracas, eran el
destinatario del resentimiento de sus parientes: por seguir viviendo en un barrio
ahora plebeyo en lugar de haber emigrado al Barrio Norte o a San Isidro; por
seguir tomando mate en lugar de té; por ser pobres y no tener dónde caerse
muertos; y por alternar con gente modesta y sin tradición. Si agregamos que
nada de todo esto era deliberado en los Olmos, y que todas esas virtudes, que a
los tres se les ocurrían indignantes defectos, eran practicadas con inocente
sencillez, es fácil comprender que aquella familia constituyó para mí, como para
otras personas, un conmovedor y melancólico símbolo de algo que se iba del
país para no volver nunca más.
Al salir aquella noche de la casa, cuando ya estaba a punto de transponer la
puerta de la verja, mis ojos se volvieron, no sé por qué, hacia el Mirador. La
ventana estaba débilmente iluminada, y me pareció entrever la figura de una
mujer que espiaba.
Vacilé mucho en volver: la presencia de Fernando me detenía, pero la de
Georgina me hacía soñar y ansiaba verla de nuevo. Entre las dos fuerzas
contrarias, mi espíritu parecía disputado y no me decidía a retornar. Hasta que
por fin fue más fuerte mi deseo de ver nuevamente a Georgina. En todo aquel
intervalo había reflexionado y volvía dispuesto a averiguar cosas, y si era
posible, a conocer a los padres de ella. "Puede ser", me decía para animarme,
"que Fernando no esté". Suponía que tendría amigos o conocidos, pues
recordaba aquella búsqueda del número de Tit-bits y su salida, que no podía
atribuirse sino a un encuentro con otros muchachos; y aunque lo conocía lo
suficiente ya a Fernando para intuir, aun a mi edad, que no podía tener amigos,
no era imposible, en cambio, que mantuviese algún otro género de vinculación
con otros muchachos: más tarde confirmaría esa presunción y, aunque con
reticencias, Georgina me confesaría que su primo dirigía una banda de
muchachos inspirada en algunas películas de episodios como Los misterios de
Nueva York y La moneda rota, banda que tenía sus juramentos secretos, sus
puños de hierros y oscuros propósitos. Visto ahora a distancia, aquella
organización me parece algo así como el ensayo general de la que tuvo más
tarde hacia 1930, cuando organizó la banda de pistoleros.
Me instalé en la esquina de Río Cuarto e Isabel la Católica desde el
mediodía. Pensé: después del almuerzo puede o no salir; si sale, aunque sea
tarde, yo entraré.
Puede usted imaginarse mi interés por ver nuevamente a Georgina si le digo
que esperé en aquella esquina desde la una hasta las siete. A esa hora vi que
salía Fernando y entonces corrí por Isabel la Católica hasta casi la otra esquina,
a una distancia suficientemente grande como para que pudiera escurrir mi
cuerpo en caso de tomar él por la misma calle, o de poder volver hasta la casa si
veía que él seguía de largo por Río Cuarto. Así fue: pasó de largo. Entonces me
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