sorprenderle que hubiese venido en su búsqueda? Aunque era tan reservado,
hasta el punto de que nunca le había oído una frase completa sobre nada, y
mucho menos sobre Alejandra, ¿cómo no iba a recurrir a él, a la única persona
sobre la que podía descargar parte de su angustia y acaso encontrar algún género
de explicación, de consuelo o de apoyo? Bruno, claro, no ignoraba la índole de
la relación entre ellos, no porque Alejandra le hubiera contado (no era del tipo
de persona para hacer ese género de confidencias) sino por la índole de
silencioso refugio que aquel muchacho había buscado a su lado, por algunas
palabras que de vez en cuando balbuceaba sobre Alejandra, pero, sobre todo, por
esa insaciable sed que los enamorados tienen de oír todo lo que de alguna
manera puede referirse al ser que aman; ignorando que preguntaba o escuchaba
a una persona que de algún modo también había sentido amor por Alejandra
(aunque fuera la reverberación o la proyección falaz y momentánea del otro, del
verdadero amor por Georgina). Pero si bien sabía o intuía que Martín mantenía
cierto género de relaciones con Alejandra (y la expresión "cierto género" era
inevitable tratándose de ella), ignoraba los detalles de aquella amistad amorosa
que Bruno había seguido con asombro; porque, aunque Martín era un muchacho
en varios sentidos excepcional, era realmente eso: un muchacho, casi un
adolescente, mientras que Alejandra, aunque con sólo un año más de edad física,
tenía una espantable y casi milenaria experiencia. Asombro que revelaba (se
decía a sí mismo Bruno) una pertinaz y al parecer inextinguible frescura en su
propia alma, pues bien sabía (pero sabía con el intelecto, no con el corazón) que
nada de lo que se refiriese a seres humanos debería causar jamás asombro y
sobre todo porque, como decía Proust, los "aunque" son casi siempre "porqués"
desconocidos, y debía haber sido sin duda aquel abismo de edad espiritual y de
experiencia del mundo el que precisamente podía explicar el acercamiento de
una mujer como Alejandra a un chico como Martín. Esta intuición fue poco a
poco confirmada después de la muerte y del incendio, a medida que oyó aquellos
confusos pero maniáticos y a veces minuciosos detalles de la relación con
Alejandra. Maniáticos y minuciosos no porque Martín fuese un anormal o una
especie de loco, sino porque la maraña alucinante en que se había movido
siempre el espíritu de Alejandra lo forzaba a ese análisis casi paranoico; ya que
el dolor producido por una pasión con obstáculos, y sobre todo con obstáculos
oscuros e inexplicables, es siempre causa más que suficiente (pensaba Bruno)
para que el hombre más sensato piense, sienta y actúe como un enajenado. Claro
que esos relatos no los hizo en aquella primera noche que siguió al incendio, en
que Martín se apareció, después de caminar por las calles de Buenos Aires, casi
idiotizado por el crimen y el incendio; sino después, en aquellos pocos días y
noches que siguieron hasta que tuvo la malhadada idea de pensar en Bordenave;
aquellos días y noches en que se instalaba a su lado, a veces sin hablar durante
horas, y a veces hablando como un individuo al que se ha aplicado una de esas
drogas de la verdad; o quizá, para decirlo más apropiadamente, alguna de esas
drogas que hacen brotar tumultuosas y delirantes imágenes de las zonas más

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