tuve la impresión de haber atravesado eras zoológicas y haber descendido hasta
los abismos de algún océano profundísimo, arcaico y desconocido.
Al comienzo no comprendí dónde me hallaba, ni tampoco recordaba el largo
peregrinaje hacia la Deidad, ni los episodios que lo habían precedido. De
espaldas en una cama, mi cabeza pesaba como si estuviera rellena de hierro y
mis ojos turbios apenas podían ver: sólo alcanzaba a advertir una rara
fosforescencia que, poco a poco, fui comprendiendo era la misma que había en
el cuarto de la Ciega antes de mi fuga. Pero una invencible pesadez en todos mis
músculos me impedía moverme y hasta mover mi cabeza hacia los costados para
reconocer el lugar en que me hallaba. Paulatinamente mi memoria parecía
reorganizarse, como una central de comunicaciones después de un terremoto, y
empezaron a reaparecer fragmentos de mi peripecia: Celestino Iglesias, la
entrada en el departamento de Belgrano, los pasadizos, la aparición de la Ciega,
el encierro en el cuarto, la fuga y, finalmente, el descenso hacia la Deidad.
Recién entonces advertí que la fosforescencia que me parecía bañar aquella
habitación en que ahora estaba era la misma de la gruta o vientre de la gran
estatua y la misma que parecía haberse producido en el cuarto de la Ciega
cuando su reaparición.
Entonces ese recuerdo, como lo que poco a poco mis ojos iban
vislumbrando en aquel techo y en aquellas paredes, me hicieron sospechar que
volvía a encontrarme en el mismo cuarto de la Ciega del que había o creía haber
escapado. Mis sentidos parecieron volver a recobrar su intensidad y, aunque no
me atrevía a volver mi cabeza hacia la puerta, ahora tenía la sensación de que en
el vano de aquella puerta estaba nuevamente la Ciega. Sin atreverme a dar
vuelta mi cabeza, intenté verificar de reojo aquella sensación y aunque sin
poder verificar detalles, entreví la figura hierática de una mujer.
Estaba nuevamente en el cuarto de la Ciega. Y todo mi peregrinaje por los
subterráneos y cloacas, mi marcha por la gran caverna y mi ascenso final hacia
la Deidad habían sido, entonces, una fantasmagoría producida por las artes
mágicas de la Ciega o de la Secta entera. Y, sin embargo, yo me resistía a
admitirlo, pues aunque la gran planicie devastada y aquellas torres milenarias y
aquella formidable estatua parecían más bien una pesadilla, en cambio mi
descenso a las cloacas de Buenos Aires y mi marcha por los fangosos
subterráneos habitados por monstruos tenían la fuerza y la precisión carnal de
algo que yo sin duda había vivido: razón que me hacía pensar que también lo
otro, el viaje hacia la Deidad, no había sido un sueño sino un hecho realmente
vivido. En aquel momento no estaba ni con la lucidez suficiente ni con la
necesaria calma para analizar el hecho, pero ahora pienso que de verdad yo viví
todo aquello y que aun en el caso de que nunca saliera del cuarto de la Ciega,
sus poderes me lo hicieron realizar sin moverme, tal como es habitual en todas
las magias de las culturas primitivas: el cuerpo duerme o parece dormir,
mientras el alma viaja por territorios remotos. ¿No era concebida el alma como
un pájaro que puede volar hacia tierras lejanas? Escapada de su cárcel hecha de
319
|
|