XXXV
A medida que fui internándome, aquel pasadizo se iba convirtiendo en
una galería semejante a la de una mina carbonífera.
Empecé a sentir un frío húmedo y entonces advertí que hacía rato estaba
caminando sobre un suelo mojado, a causa, seguramente, de los hilillos de agua
que silenciosamente descendían por los muros cada vez más irregulares y
agrietados; pues ya no eran las paredes de cemento de un pasadizo construido
por ingenieros sino, al parecer, los muros de una galería excavada en la tierra
misma, por debajo de la ciudad de Buenos Aires.
El aire se volvía más y más enrarecido, o acaso era una impresión subjetiva
debida a la oscuridad y al encierro de aquel túnel, que parecía ser interminable.
Noté, asimismo, que el piso no era ya horizontal sino que iba
paulatinamente descendiendo, aunque sin ninguna regularidad, como si la
galería hubiese sido excavada siguiendo las facilidades del terreno. En otras
palabras, ya no era algo planeado y construido por ingenieros con la ayuda de
máquinas adecuadas; más bien se tenía la impresión de estar en una sórdida
galería subterránea cavada por hombres o animales prehistóricos, aprovechando
o quizá ensanchando grietas naturales y cauces de arroyos subterráneos. Y así lo
confirmaba el agua cada vez más abundante y molesta. Por momentos se
chapoteaba en el barro, hasta que se salía a partes más duras y rocosas. Por los
muros el agua se filtraba con mayor intensidad. La galería se agrandaba, hasta
que de pronto observé que desembocaba en una cavidad que debía ser inmensa,
porque mis pasos resonaban como si yo estuviera bajo una bóveda gigantesca.
Lamentablemente, no me era posible vislumbrar siquiera sus límites a la
escasísima luz que me daba mi encendedor. También noté una bruma formada
no por vapor de agua sino tal vez, como me lo parecía revelar un intenso olor,
producido por la combustión espontánea y lenta de alguna leña o madera
podrida.
Yo me había detenido, creo que intimidado por la indistinta y monstruosa
gruta o bóveda. Bajo mis pies sentía el piso cubierto de agua, pero esa agua 110
estaba estancada sino que corría en una dirección que yo imaginé conduciría a
alguno de esos lagos subterráneos que exploran los espeleólogos.
La soledad absoluta, la imposibilidad de distinguir los límites de la caverna
en que me hallaba y la extensión de aquellas aguas que se me ocurría inmensa,
el vapor o humo que me mareaba, todo aquello aumentaba mi ansiedad hasta un
límite intolerable. Me creí solo en el mundo y atravesó mi espíritu, como un
relámpago, la idea de que había descendido hasta sus orígenes. Me sentí
grandioso e insignificante.
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