en el crepúsculo. El paisaje era solitario y silencioso, pero se adivinaba que en la
selva que se levantaba como una muralla en las márgenes del gran río se
desarrollaba una vida secreta y colmada de peligros. Cuando una voz que
parecía provenir de la espesura lo estremeció. No alcanzaba a entender lo que
decía, pero sabía que se dirigía a él, a Martín. Quiso incorporarse, pero algo lo
impedía. Luchó, sin embargo, por levantarse porque se oía cada vez con mayor
intensidad la enigmática y remota voz que lo llamaba y (ahora lo advertía) que
lo llamaba con ansiedad, como si estuviera en un pavoroso peligro y él,
solamente él, fuese capaz de salvarla. Despertó estremecido por la angustia y
casi saltando del asiento.
Era ella.
Lo había estado sacudiendo y ahora le decía, con su risa áspera:
--Levántate, haragán.
Asustado, asustado y desconcertado por el contraste entre la voz
aterrorizada y anhelante del sueño y aquella Alejandra despreocupada que ahora
tenía ante sí, no atinó a decir ninguna palabra.
Vio cómo ella recogía algunas de las pruebas que se habían caído del banco
durante su sueño.
--Seguro que el patrón de esta empresa no es Molinari --comentó riéndose.
--¿Qué empresa?
--La que te da este trabajo, zonzo.
--Es la Imprenta López.
--La que sea, pero seguro que no es Molinari.
No entendió nada. Y, como muchas veces le volvería a suceder con ella,
Alejandra no se tomó el trabajo de explicarle. Se sentía --comentó
Martín-- como un mal alumno delante de un profesor irónico.
Acomodó las pruebas y esa tarea mecánica le dio tiempo para sobreponerse
un poco de la emoción de aquel reencuentro tan ansiosamente esperado. Y
también, como en muchas otras ocasiones posteriores, su silencio y su
incapacidad para el diálogo eran compensados por Alejandra, que siempre, o
casi siempre, adivinaba sus pensamientos.
Le revolvió el pelo con una mano, como las personas grandes suelen hacer
con los chicos.
--Te expliqué que te volvería a ver, ¿recordás?, pero no te dije cuándo.
Martín la miró.
--¿Te dije, acaso, que te volvería a ver pronto?
--No.
Y así (explicó Martín) empezó la terrible historia. Todo había sido
inexplicable. Con ella nunca se sabía, se encontraban en lugares tan absurdos
como el hall del Banco de la Provincia o el puente Avellaneda. Y a cualquier
hora: a las dos de la mañana. Todo era imprevisto, nada se podía pronosticar ni
explicar: ni sus momentos de broma, ni sus furias, ni esos días en que se
encontraba con él y no abría la boca, hasta que terminaba por irse. Ni sus largas
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