Existe cierto tipo de ficciones mediante las cuales el autor intenta liberarse
de una obsesión que no resulta clara ni para él mismo. Para bien y para mal,
son las únicas que puedo escribir. Más, todavía, son las incomprensibles
historias que me vi forjado a escribir desde que era un adolescente. Por ventura
fui parco en su publicación, y recién en 1948 me decidí a publicar una de ellas:
El Túnel. En los trece años que transcurrieron luego, seguí explorando ese
oscuro laberinto que conduce al secreto central de nuestra vida. Una y otra vez,
traté de expresar el resultado de mis búsquedas, hasta que desalentado por los
pobres resultados terminaba por destruir los manuscritos. Ahora, algunos
amigos que los leyeron me han inducido a su publicación. A todos ellos quiero
expresarles aquí mi reconocimiento por esa fe y esa confianza que, por
desdicha, yo nunca he tenido.

Dedico esta novela a la mujer que tenazmente me alentó en los momentos
de descreimiento, que son los más. Sin ella, nunca habría tenido fuerzas para
llevarla a cabo. Y aunque habría merecido algo mejor, aun así con todas sus
imperfecciones, a ella le pertenece.




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