reflexionando conmigo mismo y tratando de saber, sin complacencia para mis
debilidades, hasta qué punto en aquellos días cedí a esas debilidades, y hasta
qué punto tuve la intrepidez y el coraje de acercarme y hasta hundirme en la
fosa de la verdad.
No vale la pena que dé detalles del asqueroso comercio que tuve con la
ciega, ya que no agregarán nada importante al Informe que quiero dejar a los
futuros investigadores. Informe que deseo tenga con ese género de
descripciones la misma relación que una geografía sociológica del África
Central con la descripción de un acto de canibalismo. Sólo diré que en el caso
de vivir cinco mil años, me sería imposible olvidar hasta mi muerte aquellas
siestas de verano; con aquella hembra anónima, múltiple como un pulpo, lenta y
minuciosa como una babosa, flexible y perversa como una gran víbora, eléctrica
y delirante como una gata nocturna. Mientras el otro en su silla de paralítico,
impotente y patético, agitaba aquellos dos dedos de la mano derecha y con su
lengua de trapo farfullaba vaya a saber qué blasfemias, qué turbias (e inútiles)
amenazas. Hasta que aquel vampiro, después de chupar toda mi sangre, me
abandonaba convertido en un molusco asqueroso y amorfo.
Dejemos, pues, ese aspecto de la cuestión y examinemos los hechos que
interesan para el Informe, los atisbos que pude echar al universo prohibido.
Mi primera tarea era, evidentemente, averiguar la naturaleza y la profundidad
del aborrecimiento de la ciega por su marido, ya que esa grieta, como dije, era
una de las posibilidades que yo siempre había buscado. De más está aclarar que
esa indagación no la realicé preguntándole directamente a Louise, ya que
semejante interrogatorio habría suscitado la atención y la sospecha; fue el
producto de largas conversaciones sobre la vida en general, y el análisis
posterior, en el silencio de mi cuarto, de sus respuestas, de sus comentarios y de
sus silencios o reticencias. De ese modo inferí, con bases que juzgué sólidas, que
el individuo aquel era realmente su marido y que el encono era tan profundo
como verdaderamente lo manifestaba aquella perversa idea de cohabitar en su
presencia.
Y he dicho "como verdaderamente lo manifestaba" porque, por supuesto, la
primera sospecha que me asaltó fue la de una comedia para atraparme, según el
esquema:
a) odio al marido
b) odio a los ciegos en general
c) ¡apertura de mi corazón!
Mi experiencia me prevenía contra una trampa tan ingeniosa, y la única
forma de asegurarse era investigando la autenticidad de aquel resentimiento. El
elemento que consideré más convincente fue su tipo de ceguera: el hombre
había perdido la vista de grande, mientras que Louise era ciega de nacimiento; y
ya expliqué que hay una implacable execración de los ciegos por los recién
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